Mostrando entradas con la etiqueta Brontë Emily. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Brontë Emily. Mostrar todas las entradas

Emily Brontë estuvo tan apartada de la novela de su época que ni siquiera accedió a la obra de Austen o Dickens


A pesar de la precocidad de los Brontë cuando eran niños y del lugar eminente que ocupó la lectura en sus vidas, su iniciación a la literatura contemporánea fue absolutamente parcial. Si bien es cierto que la biblioteca de su padre contaba con las obras de los poetas más importantes, y que conocían a Byron de memoria en una época en que los demás niños recitaban a Cowper y Wordsworth, su conocimiento de la literatura en prosa contemporánea se limitaba a los escritores que colaboraban en los periódicos tory, Blackwood’s, Fraser’s, y las publicaciones anuales del momento. Así pues, tuvieron ocasión de leer las novelas rosa de la señora Norton, pero no a Jane Austen, como lo revela la última correspondencia de Charlotte con G. H. Lewes. Es evidente que Blackwood’s influyó en su preferencia por lo escocés en sus lecturas, incluso en los primeros dichos y anécdotas de Emily que se conocen: cuando le preguntaron qué hombres eminentes deseaba que habitaran en su isla de ensueño (la isla de Arran), eligió a Sir Walter Scott, el señor Lockhart y “Johnny Lockhart”. La poesía, la historia y las principales influencias de Emily en su juventud. A diferencia de Charlotte, que después se puso al día con Jane Austen y Dickens, Emily probablemente no los leyó nunca. No pudo haber tenido tiempo de leer a Thackeray, quien se dio a conocer al mismo tiempo que ella con su novela Vanity Fair, publicada en 1847, un año antes de la muerte de Emily. No accedió al género de la ficción a través de su corriente principal, el realismo victoriano (incluso Bulwer Lytton, que Emily sí lo leyó, estaba dentro de la tradición romántica). Es improbable que en el periodo impresionable de sus adolescencia hubiera leído otras novelas además de las de Scott y las que aparecían en Blackwood’s por entregas; estas últimas, a juzgar por las referencias a números antiguos, eran marcadamente “góticas”.


WINIFRED GÉRIN, Emily Brontë, Atalanta, Girona, 2008, traducción de Ana Becciu, págs. 305 y 306.


Wharton sobre Brontë


Sinclair Lewis no es el único creador de seres vivos que tenemos entre los novelistas modernos, pero yo le he escogido como símbolo porque la línea que sigue —aunque corre el peligro de convertirse en rodada— me parece genuina. En su búsqueda de materiales ha seguido el consejo de Goethe y ha hundido su mano en las profundidades de la naturaleza humana y creo que el mayor error de los jóvenes novelistas, de cualquier escuela, ha sido imaginar que los personajes anormales o excesivamente dotados ofrecen un campo más rico que las variedades normales y corrientes. Emily Brontë era una mujer de genio, pero si hubiera vivido más y hubiera tenido más contacto con la realidad habría conseguido sacar de la vida cotidiana en la parroquia de Haworth un libro más profundo y conmovedor de lo que lo hizo retratando una casa de locos. Dostoievski, en El idiota, también abordó el estudio de personajes anormales, pero los mezcló con otros normales, como suele hacer la vida. Y precisamente así fue como demostró que su principal interés para el lector radicaba no tanto en su caso particular sino en sus reacciones trágicas y destructivas hacia lo normal. Y los lectores que, a pesar de la admiración que sienten por Cumbres borrascosas a veces encuentran dificultad en separar a Heathcliff de Earnshaw y a una Catherine de la otra, no olvidarán fácilmente la presencia viva del príncipe Mishkin y su extraña vigilia con el asesino junto al cadáver de Nastasia.


EDITH WHARTON, Criticar ficción, Páginas de espuma, 2012, Madrid, traducción de Amelia Pérez de Villar, págs. 75 y 76.

Las hermabas Brontë eran cinco y tenían además un hermano


Aunque las hermanas Brontë son siempre tres para la historia, en realidad fueron cinco, a las que se olvida añadir con demasiada frecuencia al hermano Branwell, no por calamitoso y alcohólico menos importante en la vida de la más célebre. Las dos hermanas con las que nunca se cuenta se llamaban Maria y Elizabeth, y murieron aún niñas una tras otra a causa de la tuberculosis. En un episodio más bien dickensiano, fueron maltratadas por sus profesoras poco antes del desenlace, obligadas a levantarse de la cama, castigadas e insultadas estando ya enfermas. La posteridad ha hecho a Emily un extraño reproche: que, siendo la niña mimada de todo el colegio, no intercediera por las víctimas, sino que guardara silencio ante la injusticia. El reproche es particularmente antojadizo porque la autora de Cumbres borrascosas no tenía ni seis años, cinco y cuatro menos, respectivamente, que sus dos vejadas hermanas. Detrás de ellas venía Charlotte y luego Branwell, y a continuación de Emily, Anne, la más pequeña, novelistas todas las supervivientes, Branwell sólo poeta frustrado. La madre había muerto cuando Emily Brontë tenía tres años y todas se educaron con un padre de origen irlandés, no reñido con las letras ya que escribía sermones. Otros miembros menos piadosos de la familia las iniciaron en la tradición oral, con la habitual preferencia por las historias de fantasmas y demonios y duendes de los cuentistas de Irlanda. Sin duda ahí estableció contacto Emily por vez primera con lo sobrenatural, que sobrevuela desde la primera hasta la última página de su única novela.


JAVIER MARÍAS, Vidas escritas, Suma de Letras SL, Madrid, 2002, págs. 317 y 318.

Una reflexión de Virginia Woolf


Cada vez que una lee de una bruja tirada al agua, de una mujer poseída por los demonios, de una curandera vendiendo hierbas y aun de la madre de un hombre célebre pienso que estamos en la pista de un novelista, un poeta abortado, o una Jane Austen muda y sin gloria, una Emily Brontë rompiéndose los sesos en el páramo o recorriendo con desolación los caminos, trastornada por la tortura de su genio. Me atrevo a afirmar que Anónimo, que escribió tantos poemas sin firmarlos, era a menudo una mujer. 


VIRGINIA WOOLF, Un cuarto propio, Alianza Editorial, Madrid, 2003, traducción de Jorge Luis Borges, pág. 56.