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Dos poemas de "Una fría primavera", de Elizabeth Bishop, traducidos por Sam Abrams y Joan Margarit


CARTA PARA N. Y.


Para Louise Crane


En tu próxima carta desearía que me dijeses

dónde vas y qué haces.

Cómo son los espectáculos, y después de los espectáculos,

en qué placeres has insistido:


cogiendo taxis en medio de la noche,

impulsándote como si fueses a salvar tu alma

donde la calle da vueltas y vueltas alrededor del parque

y el brillo del taxímetro es como una lechuza moral,


y los árboles con el aspecto extraño y verde

alzándose solitarios en grandes cuevas negras

y de repente tú estás en un lugar distinto

donde todo parece suceder en olas,


y la mayor parte de las bromas no las puedes coger,

como groserías borradas de una pizarra,

y las canciones son ruidosas pero de alguna manera inaudibles

y se hace tan terriblemente tarde,


y saliendo de la casa de piedra marrón oscuro

hacia la acera gris y la calle regada,

uno de los lados de los edificios se eleva con el sol

como un brillante campo de trigo.


–Trigo, no cebada, querida. Temo

que si es trigo no sea de tu sembrado,

y sin embargo me gusta saber

qué estás haciendo y adónde vas.




INVITACIÓN A MISS MARIANNE MOORE


Desde Brooklyn, sobre el Puente de Brooklyn, en esta agradable mañana,

por favor, venga volando.

En una nube de apasionados, pálidos productos químicos,

por favor, venga volando.

Por el rápido repicar de miles de pequeños tambores azules

descendiendo del cielo aborregado

sobre la brillante tribuna del agua del puerto,

por favor, venga volando.


Las sirenas, los estandartes y el humo ondean y suenan.

Los barcos están haciendo cordiales señales con multitud de banderas

subiendo y bajando como pájaros sobre el puerto.

Entre usted: dos ríos sostienen con elegancia

incontables, pequeñas translúcidas jaleas

en un centro de mesa de cristal tallado con cadenas de plata colgando.

El vuelo es seguro; el tiempo está a punto.

Las olas corren en versos esta amable mañana.

Por favor, venga volando.


Venga con la punta de cada zapato negro

llevando un relevante zafiro,

con una negra capa de alas de mariposa e ingeniosas palabras.

Con los ángeles, el cielo sabe cuántos, todos cabalgando

en la ancha ala negra de su sombrero,

por favor, venga volando.


Sosteniendo un inaudible ábaco musical,

un delicado ceño fruncido que censura, y con cintas azules,

por favor, venga volando.

Hechos y rascacielos centellean en la marea: Manhattan

está todo él lavado por la moral esta agradable mañana,

por tanto, por favor, venga volando.


Subiendo por el cielo con natural heroísmo,

por encima de los accidentes, por encima de odiosas películas,

las cabinas de los taxis y las injusticias por todas partes,

mientras los cláxones están resonando en sus bellas orejas

que simultáneamente escuchan

una suave música sin inventar, apropiada para el ciervo almizclero,

por favor, venga volando.


Para la que los sombríos museos tendrán un buen trato,

como el cortés pardillo macho,

para aquella a la que esperarán los agradables leones echados

en las escaleras de la Biblioteca Pública,

impaciente por subir y continuar a través de las puertas

hacia arriba, a las salas de lectura,

por favor, venga volando.

Podemos sentarnos y llorar; podemos ir de compras,

o jugar todo el rato al juego de ser malas

con la serie, que no tiene precio, de los vocabularios,

o podemos valientemente lamentarnos, pero, por favor,

por favor, venga volando.


Con dinastías de negativas construcciones

oscureciéndose y agonizando en torno suyo,

con gramáticas que con frecuencia vuelven y brillan

como volantes bandadas de andarríos,

por favor, venga volando.


Venga como una luz en el blanco cielo aborregado,

venga como un cometa diurno

con un largo y nunca confuso tren de palabras.

Desde Brooklyn, sobre el Puente de Brooklyn, en esta agradable mañana,

por favor, venga volando.



ELIZABETH BISHOP (Estados Unidos, 1911-1979), Una fría primavera, Obra poética, Ediciones Igitur, Barcelona, 2008, traducción de Sam Abrams y Joan Margarit, págs. 131-173. 


Tres poemas de Sylvia Plath del año 1956 traducidos por Xoán Abeleira

ODA A TED

Bajo el crujido de la bota de mi hombre
brotan verdes retoños de avena;
él pone nombre a un avefría, hace que los conejos salgan
huyendo en estampida, a todo correr
hacia un seto decorado con zarzamoras;
él acecha al zorro rojo y a la astuta comadreja.

Esos montículos de marga los dejan los topos
cuando hurgan en busca de gusanos –afirma–,
los topos, que tienen la piel azul; tras coger un sílex
protuberante, laminado de yeso, él lo parte
con una piedra; los colores desollados maduran
abundantes, marrones, insólitos bajo el resplandor del sol.

Con sólo mirarlas, él fecunda las tierras liegas:
los campos roturados como con los dedos
echan tallos, hojas, frutos con corazón de esmeralda;
los granos resplandecientes, que tan raramente brotan,
él los fuerza a abrirse a su antojo temprano;
A petición de su fuerte y leal mano, los pájaros construyen.

Las palomas torcaces se posan a gusto en su soto,
incuban canciones que se acoplan al modo
en que él camina; ¡cómo no va a estar contenta
la mujer de este Adán
cuando toda la tierra, respondiendo a su llamada,
brinca de alegría, ensalzando la sangre de semejante hombre!



LOS MENDIGOS

Ni el anochecer ni las frías miradas desalientan
A estos trágicos con aspecto de cabra que pregonan
El infortunio como si vendieran higos o pollos,

Y que, despotricando contra cada uno de sus días,
Maldicen el parcial, arbitrario juicio de la naturaleza.
Bajo una pared blanca y una ventana morisca

Hacen muecas de sincera aflicción, degradados por el tiempo,
Caricaturas de sí mismos que viven a costa
De las monedas de la piedad. Al azar,

Uno de ellos se coloca entre los huevos y las hogazas,
Sosteniendo el muñón de su pierna en una muleta,
Agitando su taza de estaño ante las amas de casa.

Con sus pérdidas y sus carencias, estos mendigos abusan
De las almas más tiernas que las suyas,
Endurecidas por un tipo de sufrimiento incomprensible

Para las conciencias más delicadas. El ocaso oscurece
El puro, exorbitante azul de la bahía,
La casa blanca y los almendros. Los mendigos

Sobreviven a su maléfica estrella,
Con su sarcasmo y su pérfido brío desconciertan
A la oscuridad, a la mirada que los compadece.



ELLA MASON Y SUS ONCE GATOS

La anciana Ella Mason alberga gatos, once tiene ya
En su desvencijada casa de Somerset Terrace.
La gente le da a la lengua
Al ver la gatería de nuestra vecina,
Diciendo: “Una mujer que recoge tantos michos
No puede ser trigo limpio”.

Con su extraño aire aguardentoso, su cara roja como una sandía
Y su voz cascada y jadeante, Ella Mason
Cobija así, por las buenas,
A Tabby, Tom y el resto de la tropa creciente,
Deleitando el paladar de sus huéspedes
Melindrosos con nata y vísceras de pollo.

Dicen en el pueblo que, antaño,
Ella era una joven muy chic, de andares descocados
Y arrogante belleza, que mataba
A los dandys con sus ojos esmeraldas.
Ahora es una solterona entrada en carnes que cierra la puerta
A todo el mundo salvo a los gatos.

Una vez, cuando éramos niños, espiamos a la señorita Mason
Mientras dormitaba en su cocina pavimentada con platitos.
En las fundas de los sillones, encima de la mesa,
Sobre las alacenas, yacían repantigados aquellos caraduras,
Devanando un bronco ronroneo desde sus peludas gargantas:
¡Qué gatos tan estentóreos!

Entre codazos y risitas, preparados para salir pitando,
Escudriñamos ansiosos a través de las telarañas de la puerta,
Mirando directamente los ojos amarillos
De los guardianes agazapados alrededor de su ídolo,
Mientras Ella sesteaba con su cara regordeta y bigotuda de sagaz raposa:
La reina efigie de los gatos.

“¡Mirad! ¡Ahí va Doña Gatos Mason!”, nos reíamos con disimulo
Mientras bajaba arrastrando los pies por Somerset Terrace
A comprar comida para sus michos del alma,
Cada estación más vaca gorda y zarrapastrosa;
“La Señorita Ella está como un cencerro por andar en trazos
Con once mininos”.

Pero ahora que el tiempo nos ha vuelto más indulgentes, nos percatamos
De que la Señorita Mason, celosa y solitaria,
Evita a las chicas que se casan–
Recatadas unas, dóciles otras–, sabiendo muy bien
Que las presuntuosas mujerzuelas pasan sus deprimentes noches nupciales
De solteronas enfurruñadas, proscritas como gatas salvajes.


SYLVIA PLATH (Boston, 1932 - Londres, 1963), Poemas de 1956, Poesía Completa, Bartleby Editores, Madrid, 2008, traducción de Xoán Abeleira, págs. 30-95. 

Tres poemas de Elisa Biagini, traducidos por Andrea Livini y Joaquím Brotons


Déjate una semilla en la mano
que te crezca en las venas, que
sobreviva a las tinieblas: 

te rehaga
el dedo que tienes
cortado por cada
uno de tus muertos.

(Clonada de las orejas

nuevamente en la plaza)


• • •


¿Qué foto escogeremos?

¿A qué edad has sido más tú
misma con el cerebro que crecía

sobre las cosas, ciudad-estado de meninges
y sangre? Ojalá ojeando

el álbum de los genios, o leyendo
la memoria en los cabellos, a ti, ya sin

zapatos, nariz al aire, callada en
una habitación sin muebles, la

mantequilla ya no más fundida
sobre la frente; más magra

de casi 21 gramos.

Si las cenizas serán
pasto de un árbol (y tus

empastes mis botones),
haré la foto a aquel, que te

hará crecer de nuevo el cerebro, ciudadela
de raíces y hojas.


• • •


Reducidos,
apartados por
los líquidos

y entonces yo corto
los tallos a los
cuchillos
como a las flores
de los días

yo Blancanieves,
corto las piernas
a las sillas.

Para vosotros secados
los platos de fruta
son bandejas.


ELISA BIAGINI, antologada por Giuliano Ladolfi en La obra común, Ediciones Bassarai, Vitoria-Gasteiz, 2004, págs. 58-65.

Dos poemas de "Descripción de un naufragio", de Cristina Peri Rossi


Porque soy así,
de vino triste,
los amigos me rodean
guardan mis espaldas,
del mar, del mal.
Antes del tiempo justo
deserté.
Nacido en julios falsos
poco de mí quedaba ya
cuando llamaron a degüello.
Viejos clanes sonaban sus fanfarrias,
mi vino era triste,
mi amiga, visceral,
errantes navegaciones,
velas errantes,
sin carta, la eché a navegar.
Preguntaron por mí los generales.




ARMADOR


Aquel que construye un barco, una mujer.
En el bosque, selecciona la madera, seducido
por el olor de su corteza, la resistencia del duramen,
la blandura de la pulpa,
y suavemente lo va descortezando,
con dulces tirones arrancándole la piel,
después lo moja,
lo arrastra por la arena,
lo lleva al mar;
en la soledad murmuradora de la playa
-aves que gritan y hacen el amor,
olas que rumian arribando,
hoyos que dejaron los amantes y el agua no cubrió-
con el hacha le abre
una herida profunda que lo parte en dos
-por donde toda virginidad fluye-
y eligiendo la mejor mitad
erige el palo mayor,
aquel que sostendrá la arboladura
izará banderas
señalará la mujer.


CRISTINA PERI ROSSI (Montevideo, 1941), Descripción de un naufragio, Poesía reunida, Lumen, Barcelona, 2005, págs. 101-192.


Un poema de Adrienne Rich traducido por María Soledad Sánchez Gómez



ALGO roto     Algo
que necesito     Por alguien
a quien amo     El año próximo
recordaré qué era
Esta ira     irreal
                         y sin embargo
hay que soportarla
Que el sol se ponga
sobre esta ira
                       Continúo
sumergiéndome     en ella
La montaña late
En el bidón de aceite     cae
una bola de fuego.

El tiempo es pacífico     no rompe cosas
ni siquiera hiere     Las cosas peligran
por la gente     Las frágiles lámparas de arcilla
de Mesopotamia
filas y más filas bajo cristal
en la sección de etnología
pequeños orificios para aceite
seco     Los refugiados
con sus idénticas
historias de huida     No
colecciono lo que no puedo usar     Necesito
lo que se puede romper.
En la cama los añicos se reúnen
y las desavenencias se encubren     por el contrario
mi cuerpo es una lista     de heridas
colocadas simétricamente
un pueblo
reventado     por los aviones
que no     acabaron el trabajo
El enemigo se ha     replegado
entre incursiones     se ha hecho invisible
no hay
            mecanismos
                        de alivio
la oscuridad se vuelve absoluta
El sueño     resquebrajado y desconchándose
se cierne sobre el tembloroso     objetivo

Lo que se rompe     es la noche
no el día     La blanca
cicatriz     rasgándose
por el Este
La grieta supurante
Es hora de que los añicos
                                          retornen
sin decir palabra
                              unos junto a otros.

1968


ADRIENNE RICH, Poemas (1963-2000), Renacimiento, Sevilla, 2002, traducción de María Soledad Sánchez Gómez, págs. 55-57.


Cinco poemas de "Unicornio negro", de Audre Lorde, traducidos por Jimena Jiménez Real


LAS MUJERES DE DAN BAILAN CON ESPADAS EN LAS MANOS PARA SEÑALAR EL TIEMPO EN QUE ERAN GUERRERAS


Yo no caí del cielo
ni
descendí como plaga de langostas
a beber color y fuerza de la tierra
y no vengo como la lluvia
tributo o símbolo del devenir de la tierra
yo vengo como mujer
oscura y abierta
a veces caigo como la noche
suave
y terrible
solo cuando debo morir
para nacer de nuevo.

Yo no vengo como guerrera secreta
con una espada sin vaina en la boca
escondida tras la lengua
que corta mi garganta en insignias
militares con una sonrisa
mientras la sangre corre
garganta abajo y sale
por agujeros en los dos montes sagrados
de mi pecho.

Yo vengo como mujer
la que soy
expandiéndome por noches
risa y promesa
y calor oscuro
calentando lo que toco
que está vivo
consumiendo
solo
lo que ya murió.



LETANÍA PARA LA SUPERVIVENCIA

Para las que vivimos en la orilla
sobre el filo constante de la decisión
cruciales y solas
para las que no podemos disfrutar
los sueños pasajeros de la elección
que amamos en umbrales yendo y viniendo
en las horas entre amaneceres
mirando dentro y fuera
a un tiempo antes y después
buscando un ahora que pueda criar
futuros
como pan en las bocas de nuestros hijos
para que sus sueños no reflejen
la muerte de los nuestros;

Para las que
nos fue marcado el miedo
como una leve línea en el centro de la frente
aprendiendo a temer ya con la leche materna
pues por esta arma
la ilusión de encontrar seguridad
los de torpes pies esperando silenciarnos
Es para nosotras
este instante y este triunfo
Nunca se esperó que sobreviviéramos.

Y cuando sale el sol tememos
que no se quede
cuando el sol se pone tememos
que no salga por la mañana
cuando el estómago está lleno tememos
la indigestión
cuando el estómago está vacío tememos
no volver a comer nunca
cuando nos aman tememos
que el amor se desvanezca
cuando estamos solas tememos
que el amor nunca vuelva
y cuando hablamos tememos
que nuestras palabras no se oigan
ni sean bien recibidas
pero cuando callamos
aún tememos.

Así que es mejor hablar
recordando
que nunca se esperó que sobreviviéramos.



NOTA ESCOLAR

Mis hijos juegan con calaveras
pues sus clases las vigilan hechiceros
que gritan cuando las paredes se derrumban
como papel de baño
brujos rollizos pronuncian viejas maldiciones
en una lengua no instruida
examinan a los niños de su sentido
asignan notas
en un holocausto que oscila
entre la furia y el desprecio.

Mis hijos juegan con calaveras
en la escuela
ya han aprendido
a soñar la muerte
sus patios son cementerios
donde las pesadillas del no
salvaguardan tierras prestadas
llenas de huesos del mañana.

Mis hijos juegan con calaveras
y recuerdan
que para el asediado
no hay lugar
que no pueda ser
hogar
ni que lo sea.



Y QUÉ PUEDES ENSEÑAR TÚ A MI HIJA

A qué te refieres
no, no, no
no tienes derecho
a saber
cuántas veces
erigimos a la otra
como refugio
contra el frío
y hasta mi hija sabe
que lo que sabes
puede dolerte
dice sus noes
y le duele
dice
cuando habla de liberación
habla de liberarse
de ese dolor
que ella sabe
lo que sabes
puede doler
pero lo que no
sabes
puede matarte.



LA HERMANA LA EXTRANJERA

Nacimos en un tiempo pobre
sin tocar nunca
el hambre de la otra
sin compartir nunca
nuestros mendrugos
por miedo a
que el pan se hiciera enemigo.

Hoy criamos a nuestras hijas
en el respeto por sí mismas
y por las otras.

Hoy has hecho a la soledad
sagrada y útil
y ya no la necesitas
hoy
tu luz brilla muy fuertemente
pero quiero
que sepas
que tu oscuridad es también
rica
y trasciende el miedo.



AUDRE LORDE, El unicornio negro, Ediciones Torremozas, Madrid, 2019, traducción de Jimena Jiménez Real. 

Dos poemas de "La tierra más ajena", de Ajejandra Pizarnik


REMINISCENCIAS


y el tiempo estranguló mi estrella
cuatro números giran insidiosos
ennegreciendo las confituras
y el tiempo estranguló mi estrella
caminaba trillada sobre pozo oscuro
los brillos lloraban a mis verdores
y yo miraba y yo miraba
y el tiempo estranguló mi estrella
recordar tres rugidos de
tiernas montañas y radios oscuras
dos copas amarillas
dos gargantas raspadas
dos besos comunicantes de la visión de
una existencia a otra existencia
dos promesas gimientes de
tremendas locuacidades lejanas
dos promesas de no ser de sí ser de no ser
dos sueños jugando la ronda del sino en
derredor de un cosmos de
champagne amarillo blanquecino
dos miradas cerciorando la avidez de una
estrella chiquita
y el tiempo estranguló mi estrella
cuatro números ríen en volteretas desabridas
muere uno
nace uno
y el tiempo estranguló mi estrella
sones de nenúfares ardientes
desconectan mis futuras sombras
un vaho desconcertante rellena
mi soleado rincón
la sombra del sol tritura la
esfinge de mi estrella
las promesas se coagulan
frente al signo de estrellas estranguladas
y el tiempo estranguló mi estrella
pero su esencia existirá
en mi intemporal interior
brilla esencia de mi estrella!



POEMA A MI PAPEL

leyendo propios poemas
penas impresas trascendencias cotidianas
sonrisa orgullosa equívoco perdonado
es mío es mío es mío!!
leyendo letra cursiva
latir interior alegre
sentir que la dicha se coagula
o bien o mal o bien
extrañeza de sentires innatos
cáliz armonioso y autónomo
límite en dedo gordo de pie cansado y
pelo lavado en rizosa cabeza
no importa:
es mío es mío es mío!!


ALEJANDRA PIZARNIK (Buenos Aires, 1936-1972), La tierra más ajena, Poesía completa, Lumen, Barcelona, 2005, págs. 7-34.


Un poema de "Los versos de odio", de Dorothy Parker, traducido por Guillermo López Gallego y Cecilia Ross


HOMBRES

CANCIÓN DE ODIO


Odio a los Hombres;
me sacan de quicio.

I


Están los Pensadores Serios:
debería existir una ley contra ellos.
Ven la vida, como a través de gafas con montura de carey, de color oscuro.
Siempre los ves pasándose la mano cansada
por el pálido ceño.
Hablan sobre la Humanidad
como si acabaran de inventarla:
tienen que estar todo el tiempo ayudándola a seguir adelante.
Se deleitan con las huelgas
y eternamente están organizando peticiones.
Están haciendo una cosa maravillosa para el Gran Populacho:
están viviendo allá abajo entre ellos.
Apenas si pueden esperar
a que 
Las masas llegue a los quioscos,
y leen todas aquellas novelas rusas...
Los superventas del sexo.

II


Están los Trogloditas:
los Especímenes de la Virilidad de Sangre Roja.
Comen todo muy poco hecho,
no salen apenas de sus baños fríos,
y quieren que todos toquen sus músculos.
Hablan en voz muy alta,
usando palabras cortas y anglosajonas.
Van por allí abriendo ventanas,
y dan palmadas en la espalda de las personas,
y les dicen que lo que les hace falta es ejercicio.
Siempre están a punto de ir andando hasta San Francisco,
o de cruzar el océano en velero
o de atravesar Rusia en trineo...
¡Ruego a Dios que lo hagan!

III


Y luego están las Almas Sensibles
que se dedican al diseñor de interiores, por amor al Arte.
Siempre huelen ligeramente a vainilla
y echan gotas de sándalo a sus cigarrillos.
Constantemente se encuentran organizando bailes de disfraces
para poder ir
de algo sacado de 
Las mil y una noches.
Dan tés en sus estudios
donde la gente se sienta sobre cojines
y desea no haber asistido.
Miran a una mujer con languidez, con los ojos entrecerrados,
y le dicen, con tono suave y apasionado,
cómo se habría de vestir.
El color lo es todo para ellos... todo;
un tono de violeta incorrecto
les provoca una crisis nerviosa.

IV


Luego están los
que están Totalmente Inmersos En El Crimen.
Te cuentan que no han dormido
las últimas cuatro noches.
Frecuentan esas obras
en que las únicas frases buenas
son las del coro.
Van tambaleándose de un 
cabaret a otro,
y te dan cifras exactas de sus deudas de juego.
Aluden oscuramente al papel terrible
que el alcohol desempeña en su vida.
Y luego menean la cabeza
y dicen que corresponde al Cielo decidir qué va a ser de ellos...
¡Ojalá fuera yo el cielo!

Odio a los hombres;
me sacan de quicio.


DOROTHY PARKER, Los "versos de odio", Los poemas perdidos, Nórdica Libros, Madrid, 2013, traducción de Guillermo López Gallego y Cecilia Ross, págs. 298-303.


Dos poemas de Vénus Khoury-Ghata traducidos por Jeanne Marie


El PÁJARO DE FUEGO


MI madre se abismaba en el penoso movimiento de su escoba
luchando contra una arena que llamaba desierto
contra una humedad que llamaba agua desmenuzable estanque
sus manos de barrendera apartada del mundo
exhumaban muertos invisibles
acorralaban el menor hundimiento del viento
la menor mancilla de oscuridad
barriendo con tanta abnegación
riendo a carcajadas en la borrasca
por miedo a mostrarse arisca.

Madre tan modesta
no te vanagloriabas del viento que soplaba para tus brazos solos que limpiaban.




LOS hombres y las cigüeñas están de paso
sólo el cerezo es sedentario
repetía mi madre.

Comíamos los huesos
y lanzábamos la carne a la vertical sobre el lucero del alba
con el deseo de renacer en cerezo
con un arroyo natal
y un nombre legible en la oscuridad
para poder estar en cuclillas al borde del camino
y dialogar hasta el alba con el pedregal.



VÉNUS KHOURY-GHATA, antologado y traducido por Jeanne Marie en Quince poetas franceses contemporáneos, Libros del Aire, Madrid, 2014, págs. 128-131.

Cuatro poemas de Alda Merini traducidos por Emilio Coco


EL pájaro de fuego
de mi mente enferma,
este gorrión gris
que vive en lo profundo
y me hace temblar
con su continuo pío
pues parece inerme,
necesitado de amor,
a veces tiene una voz
tan tierna y nueva
que bajo su triunfo
dicto el poema.



HOJAS BLANCAS

XVIII

Las hojas blancas son la desmesura del alma
y sobre este sabor agridulce
querré un día morir,
porque la hoja blanca es violenta.

Violenta como una bandera,
un abismo de fuego,
y así me compongo
letra a letra a lo infinito
para que alguien me lea
pero que nadie aprenda nada
porque la vida es un sorbo, y sorbo
de vida las hojas blancas
desmesura del alma.



ARRANCAD la poesía del canto,
el árbol de las voces,
las quimeras del sueño,
arrancadme a mí de mí misma,
para que vea mi corazón, latido
sanguíneo y dulce,
bajar al valle.
Mis misterios fueron los de Orfeo
y de otros pitagóricos ascetas
con su mensaje de paz
por pantanos deshechos.



AL VIEJO manicomio
te acercabas de niño
y me traías siempre
una glicina de laurel
jugabas con los locos
fingiéndolos ladrones
oh bien nacido hermano
que no distingues nunca
el pecado del ocio
entre amor y espada.


ALDA MERINI, antologada y traducida por Emilio Coco en El fuego y las brasas: Poesía Italiana Contemporánea, Sial, Madrid, 2001, págs. 69-73. 

Tres poemas de la antología "Sombra roja: diecisiete poetas mexicanas (1964-1985)"


Ana Franco Ortuño


De pronto tengo miedo
Todo está bien y de pronto tengo miedo
De pronto tengo miedo
Todo está bien, pero

........Solo eso
........Solo eso
........Solo eso
........Solo eso
........Solo eso


Tenga en cuenta que los cambios de ambiente húmedo a seco propician la contracción de las pieles, lo que puede suponer un importante deterioro de la pieza.


........ ........Siga las intrucciones del mundo que ha elegido.




Maricela Guerrero

salvo tus huesos
........ y ........ el revés de tu camisa
y
........las   pausas         entre ........ una      y ........otra
........ ........ ........   palabra
  
........ ........    tuyas
no sé nada de ti y me sobra
para definir equivalencias —tu espalda: la Capilla Sixtina
   
........ ........ ........ ..........—tus manos: el mar de los Sargazos
el peso exacto de tu cabeza sobre mis muslos: todas las ecuaciones
formularios electrónicos reacciones químicas que algunos necios
........seguimos llamando
amor:



Xitlalitl Rodríguez Mendoza

USS Indianapolis I


En inglés 
deliver puede usarse
para dar a luz
o para referirse a la entrega
de uranio enriquecido
y partes para armar
una bomba
atómica.

Yo digo 
I'm gonna deliver
a baby
(voy a alumbrar a un
bebé)
mientras que un capitán diría
We're gonna deliver the bomb
the Hiroshima bomb
que significa:
silencio.


RODRIGO CASTILLO (Antólogo), Sombra roja: diecisiete poetas mexicanas (1964-1985), Vaso Roto, Madrid, 2016, 266 págs.


Dos poemas de "Dos puntos", de Wislawa Szymborska, traducidos por Gerardo Beltrán y Abel A. Murcia


ABC

Ya nunca sabré
qué pensaba de mí A.
Si B. llegó a perdonarme de verdad.
Por qué C. aparentaba que no pasaba nada.
Qué papel jugó D. en el silencio de E.
Qué esperaba F., si es que esperaba.
Qué aparentaba G., a pesar de estar segura.
Qué quería ocultar H.
Qué quería añadir I.
Si el hecho de que yo estuviera a su lado
tuvo alguna importancia
para J. para K. y para el resto del alfabeto.



EL VIEJO CATEDRÁTICO

Le pregunté sobre aquellos tiempos
en que éramos tan jóvenes,
ingenuos, entusiastas, tontos, inexpertos.

Algo de eso ha quedado, excepto la juventud
—respondió.

Le pregunté si todavía sabe a ciencia cierta
lo que es bueno y lo que es malo para el hombre.

La más mortífera ilusión posible
—respondió.

Le pregunté por el futuro,
si lo sigue viendo claro.

He leído demasiados libros de historia
—respondió.

Le pregunté por la fotografía,
ésa en el marco, sobre el escritorio.

Fueron, pasaron. Mi hermano, mi primo, mi cuñada,
mi esposa, mi hijita sobre las rodillas de mi esposa,
el gato en los brazos de mi hijita,
y un cerezo en flor, y sobre el cerezo
un pájaro volador no identificado
—respondió.

Le pregunté si es a veces feliz.

Trabajo
—respondió.

Le pregunté por los amigos, si todavía tiene.

Algunos de mis antiguos ayudantes,
que también tienen antiguos ayudantes,
la señora Luzmila, que gobierna mi casa,
alguien muy cercano, pero en el extranjero,
dos señoras de la biblioteca, las dos sonrientes,
el pequeño Gregorio de enfrente y Marco Aurelio
—respondió.

Le pregunté por la salud y por su estado de ánimo.

Me prohíben el café, el vodka, los cigarros,
cargar recuerdos y objetos pesados.
Tengo que fingir que no lo oigo
—respondió.

Le pregunté por el jardín y el banco en el jardín.

Cuando la noche es serena observo el cielo.
No deja de asombrarme cuántos puntos de vista hay ahí
—respondió.


WISLAWA SZYMBORSKA, Dos puntos, Ediciones Igitur, Tarragona, 2011, traducción de Gerardo Beltrán y Abel A. Murcia Soriano.

Cinco poemas de "Mujer de barro", de Ángela Figuera Aymerich


MUJER DE BARRO

Mujer de barro soy, mujer de barro:
pero el amor me floreció en el regazo.


MUJER

Cuán vanamente, cuán ligeramente
me llamaban poetas, flor, perfume!...

Flor, no: florezco. Exhalo sin mudarme.
Me entregan la simiente: doy el fruto.
El agua corre en mí: no soy el agua.
Árboles de la orilla, dulcemente
los acojo y reflejo: no soy árbol.
Ave que vuela, no: seguro nido.

Cauce propicio, cálido camino
para el fluir eterno de la especie.


DARSE

Tú dirás triunfante, con salvaje grito:
"'Eres mía, mía!..."
Yo diré, bajito,
muy bajo: "¡Soy tuya!"

Tu amor es de presa, de ofrenda es mi amor:
El Señor me ha dado la parte mejor.


SIN LLAVE

Me tienes y soy tuya. Tan cerca uno del otro
como la carne de los huesos.
Tan cerca uno del otro
y, a menudo, ¡tan lejos!...

Tú me dices a veces que me encuentras cerrada,
como de piedra dura, como envuelta en secretos,
impasible, remota... Y tú quisieras tuya
la llave del misterio...

Si no la tiene nadie... No hay llave. Ni yo misma,
¡ni yo misma la tengo!


IMPOTENCIA

¿Dónde estarán las palabras
que digan lo que yo quiero?...

El verso que dejo escrito
nunca es del todo mi verso.


ÁNGELA FIGUERA AYMERICH (Bilbao, 1902 - Madrid, 1984), Mujer de barro. Obras completas, Hiperión, Madrid, 1999, págs. 29-70.

Dos poemas de "Antepenúltimos", de Ida Vitale


RECURSOS

EL sobresalto fuera del poema y dentro del poema, apenas aire contenido.

Leer y releer una frase, una palabra, un rostro. Los rostros, sobre todo. Repasar, pesar bien lo que callan.

Como no estás a salvo de nada, intenta ser tú mismo la salvación de algo. Caminar despacio, a ver si, tentado el tiempo, hace lo mismo.


VEGETAR

¿SERÁ tan malo vegetar? ¿Habrá que echar raíces, con la permanencia que eso implica? Quizás baste un poco de arena, pero entonces será un cacto lo que venga a nuevo estado. Sin duda será mejor buscar para la experiencia un poco de buena tierra negra, porque tampoco cualquier tierra se presta para la aventura que comienza. ¿Serán suficientes unos brotes? Pero por más que uno se ponga voluntarista, aquéllos no van a aparecer por ningún lado si no logra una mínima raíz. Y para esto se necesita quietud. ¿Hundimiento y quietud?


IDA VITALE (Montevideo, 1923), Antepenúltimos. Poesía Reunida, Tusquets, Barcelona, 2019, págs. 9-20.