Catorce fragmentos de "Pensamientos de una mujer solitaria" (1903), de Louise Ackermann


• • •  Me entrego con mayor ahínco a mi odio a la religión, porque siento que este odio es generoso y que hunde sus raíces en lo más profundo de mi ser. Es mi amor por la bondad, la justicia y la humanidad lo que me hace hostil a estas monstruosidades de egoísmo y fanatismo de las que ningún devoto, si es consecuente consigo mismo, puede escapar.

• • •  No somos dueños de nuestras acciones. Las juzgamos, pero nos las impone nuestra naturaleza. Por lo tanto, el remordimiento suele ser un error. El ser humano solo debería sentir arrepentimiento.

• • •  Cuando un poeta canta sus propias penas, debe limitarse a una nota contenida. Los gritos personales desgarradores no son propios de la poesía. Como la antigua Níobe, deben poseer la gracia del sufrimiento.

• • • La mediana edad parece ser mi edad natural. Esta calma, aún acompañada de fuerza, estas opiniones firmes, estas visiones claras sobre literatura y filosofía: esto es lo que saboreo y disfruto con deleite. Debería haber nacido a los cuarenta.

• • •  El poeta es mucho más un evocador de sentimientos e imágenes que un miniador de rimas y palabras.

• • •  Siempre he sentido una profunda admiración por aquellas almas valientes que, en plena posesión de sí mismas y por puro asco a las miserias terrenales, encontraron en sí mismas la fuerza para liberarse de la existencia. La naturaleza sabía bien lo que hacía al dotarnos de una cobardía irremediable ante la muerte; pero qué hermoso es superarla y clamarle: "¡Oh madrastra! Te devuelvo tu carga. Si creías poder atarme con el don fortuito y fatal de la vida, te equivocabas".

• • •  ¡Destino! Esa es la palabra del universo, desde el átomo invisible hasta el hombre. Pronunciar la palabra Libertad es desconocer las leyes inflexibles que rigen todas las manifestaciones del ser.

• • •  Entre los sacerdotes, los mejores son quizás los más peligrosos. Su virtud confiere cierta autoridad a las fábulas que se les encarga contar.

• • •  Me comparo con esos insectos que, refugiados en la punta de una rama, dentro de una hoja, tejen una fina envoltura para enterrarse. La soledad es mi hoja; allí tejo mi pequeño capullo poético.

• • •  Las creencias religiosas son como los dientes viejos: se tambalean, pero se mantienen.

• • •  ¡Cuántas mentes tienen mala vista! Son tan miopes que un óptico debería inventarles gafas. Incluso hay algunos que están completamente ciegos. Habría que operarles de cataratas intelectuales. ¿Pero se dejarían? ¡Su ceguera les es tan querida!

• • •  La poesía es, por así decirlo, el postre de la mente. Por lo tanto, solo debe consumirse en pequeñas cantidades, como todos los dulces.

• • •  Los versos bellos, es decir, los que perduran y nunca mueren, han existido desde la eternidad. Los verdaderos poetas, incluso los más grandes, no los crean; solo saben encontrarlos.

• • •  Mi esposo no habría tolerado que su esposa mostrara su escote, y mucho menos le habría permitido publicar poesía. Para una mujer, escribir es como mostrar su escote; solo que quizás sea menos indecente mostrar los hombros que el corazón.


LOUISE ACKERMANN, Pensamientos de una mujer solitaria, 1903, extraídos de la página Dicocitations, traducción de Google Translate + Maricrónica