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Calvino sobre Duras


A ELIO VITTORINI – PARÍS
22 de julio de 1950

Querido Elio:

Hacía tiempo que no leía un libro tan bueno como Un dique contra el Pacífico. Lo leí hace unos días y no hablo de otra cosa, pero como no sé sino lanzar exclamaciones de entusiasmo, nadie me cree. Se lo he mandado a Natalia, que está en la montaña. Di algo tú también, por favor, yo estaría por un «Corallo» con gran lanzamiento, porque es un libro divertido, de lectura fácil, como pocos. Pero en Francia ¿qué dicen? Todavía no he leído nada en los periódicos franceses. La primera parte me parece algo purísimo y nuevo. En la segunda quizá la mano sea más pesada. Pero no me esperaba que un libro así saliera de la literatura francesa de hoy. Dile a la Duras que la quiero muchísimo. ¡Esa vieja! ¡Ese paisaje! ¡El automóvil! ¡Esa muchacha! ¡Esos diálogos! ¡Él, el joven! ¡Y el tipo del diamante! ¡Los indígenas! Es un libro bellísimo, sin duda.

Chao.


ITALO CALVINO, Los libros de los otros: Correspondencia 1947-1981, Siruela, 2014, traducción de Aurora Bernárdez.

Jong sobre Sexton


Si muero antes de despertar, antes de que estas palabras aparezcan impresas, que se sepa que he dado instrucciones a mi hija, a mi esposo y a todos mis psiquiatras para que publiquen todos los artículos, transcripciones y cartas que consideren relevantes para mi vida como escritora. No pretendo con ello subvertir la privacidad de nadie, ni que mis instrucciones personales se conviertan en política pública. Soy poeta, no abogada ni legisladora.

Así podría haber escrito Anne Sexton en vísperas de su muerte en 1974, y así escribiría yo, siguiendo su ejemplo.

«Todos escribimos un poema colectivo», le gustaba decir a Anne. «No es mío ni tuyo, sino el poema de Dios». Creía en un río de imágenes compartidas. Y creía que solo somos las voces de un dictado divino.

También creía que su dolor personal solo se redimía compartiéndolo, que su vida solo era valiosa si podía ayudar a otros escribiendo sobre ella. Sabiendo esto, creo que sus hijas y su ex psiquiatra, el Dr. Martin Orne, actuaron en consonancia con su inspiración al decidir poner sus grabaciones de terapia a disposición de su biógrafa, Diane Middlebrook.

Sé que hay quienes temen la pérdida de la privacidad médico-paciente como resultado del ejemplo de Anne Sexton, y comprendo sus temores. Pero este fue un caso muy particular: una poeta que valoraba compartir este río común de metáforas por encima de su propia y estrecha intimidad, una poeta que veía la poesía como una forma de sanación.

Anne Sexton fue una persona excepcional y generosa, tanto como poeta como persona. Durante mucho tiempo, su exceso y franqueza perjudicaron su reputación como crítica. En Francia se dice que los escritores sufren una década de purgatorio crítico tras su muerte. Anne ha soportado casi dos décadas. Ahora, con este nuevo "escándalo", es posible que se la vuelva a leer como la poeta excepcional que es.

Creo que su indiferencia hacia los conceptos tradicionales de privacidad fue parte de lo que le permitió escribir como lo hizo, rastrear la pesadilla hasta su guarida, montar su escoba de bruja hacia la metáfora pura. Como me dijo una vez: «Sí, los poemas son excesivos, pero yo soy una persona excesiva».

Me alegra cualquier controversia que haga que los poemas de Anne se vuelvan a leer. Se lo merecen. Y conociéndola como la conocía, estoy seguro de que habría recibido con agrado estas revelaciones. Para ella misma, claro. No se las habría impuesto a otros contra su voluntad.

Los precedentes sobre la privacidad siempre son controvertidos. ¿Qué control tendrán el Estado, la ley y el bien común sobre lo que sabemos sobre lo que ocurre en la terapia de un poeta, el útero de una mujer o la consulta de un abogado con su cliente? Las nociones de privacidad están cambiando en estos y muchos otros ámbitos.

Ann Sexton creía que cada individuo debía tener la libertad de determinar su propia noción de privacidad. Al igual que Freud, Joyce y Shakespeare, exploró el inconsciente de la única manera posible: utilizando el yo como laboratorio.

Los artistas tienen pocas opciones en este asunto. Su humanidad es su capital, que pueden invertir o derrochar según su musa. Es imposible ser un verdadero poeta y al mismo tiempo adherirse al dios de hojalata del decoro doméstico. El poeta no elige su tema; se entrega a él.

Así que necesitamos saber todo lo posible sobre esa entrega. Si las grabaciones de terapia nos enseñan, y si la poeta y sus herederos las publican, que se escuchen. En cuanto a quienes quieran borrarlas, ¡que borren sus propias grabaciones!

En general, el mundo ha sido más herido por los silencios, las cintas borradas, los discos reescritos y los documentos destruidos que por las revelaciones del corazón.

¿Acaso algunas personas denigran las revelaciones de Anne Sexton por ser mujer? Las revelaciones de las mujeres se consideran invariablemente menos valiosas que las de los hombres. Al fin y al cabo, las mujeres se revelan constantemente y su individualidad a menudo se califica de egoísmo, como si fuera una presunción que una mujer tuviera un yo.

Si el poeta Robert Lowell hubiera dejado estas cintas de terapia, ¿nos alegraríamos o las denunciaríamos? Sospecho que trataríamos sus "restos literarios" con mayor respeto.


ERICA JONG, Anne Sexton's River of Words, The New York Times, 17 de agosto de 1991 (AQUÍ)

Leon sobre Christie


Los modelos de Donna Leon son Rendell, Hammett, Highsmith... "leí un Carvalho una vez, pero... No he leído tampoco a Camilleri, no voy a leer más novelas del género si no me pagan". ¿Y Agatha Christie? Frunce el ceño: "Es genial para las personas que sólo buscan el efecto sorpresa, pero su prosa es muy pesada. Creo que es una autora para leer solamente una vez".


DONNA LEON, entrevistada por Xavi Ayén en Venecia (junio de 2000) y Barcelona (septiembre de 2012), y recogido en La vuelta al mundo en 80 autores, La Vanguardia Ediciones, Barcelona, 2016, pág. 257.

Freixas sobre Woolf


Que Virginia Woolf es una maravillosa novelista, todo el mundo lo sabe; pero no siempre somos conscientes de que esta maravillosa novelista es también una maravillosa cuentista, diarista, autobiógrafa y ensayista. La calidad de sus ensayos (en el sentido inglés, que incluye los artículos), como los que ocupan estas páginas, es evidente: por algo se han traducido a tantas lenguas, por algo se siguen editando. Pero ¿en qué consiste, exactamente?, ¿cuál es su secreto? Yo creo que es doble. Por una parte, el impecable razonamiento que los sostiene, tan cartesiano, tan bien trabado; por otra, la engañosa suavidad de su envoltorio. ¡Qué estilo tan natural, tan sencillo! ¡Qué elegante ironía! ¡Qué tono coloquial pero mundano, como de charla en un salón!... La frase que mejor define, para mí, los ensayos de Virginia Woolf, es la famosa imagen con que Bernadotte (un militar francés convertido, en 1818, en rey de Suecia) explicaba cómo había que gobernar a los franceses: «Una mano de hierro en un guante de terciopelo».

Argumentación de hierro, estilo de terciopelo. Tan extraordinario es el contraste, que a la misma Woolf le llamaba la atención, y así lo explica en Momentos de vida, su autobiografía inacabada y póstuma: "Cuando leo mis antiguos artículos en el Literary Supplement y observo su suavidad, su cortesía, su enfoque indirecto, le echo la culpa a mi entrenamiento para servir el té. Me veo a mí misma, no criticando un libro, sino ofreciendo bandejas con dulces a tímidos jovencitos y preguntándoles si quieren leche y azúcar".


LAURA FREIXAS, fragmento del prólogo a Las mujeres y la literatura, de Virginia Woolf, La Dragona, 2019, pág. 9.

Janés sobre Shikibu


Pero hemos dejado atrás a la prosista Murasaki Shikibu, autora de La historia de Genji, esa gran novela galante que data del siglo X y ha sido comparada repetidamente con Don Quijote de la Mancha, de Cervantes, En busca del tiempo perdido, de Proust o el Decamerón de Boccaccio. La historia de Genji está escrita con tal agilidad y encanto que seduce irremediablemente al lector. Muchos de los temas que surgen en ella se independizarán luego pasando a otras obras, por ejemplo a piezas de teatro noh, una de las cuales, Aoi no Ue, trata de Genji, el príncipe resplandeciente, y su amante Rokujo, que, convertida en fantasma vampiro, martiriza a Aoi, la mujer de aquel, hasta darle muerte. En la novela, este episodio empieza con una reflexión de Rokujo. Pocos párrafos bastan para captar toda la sutileza y los matices de la escritura de Murasaki:
Aquella noche le llegó una carta:
«Aunque parecía que Aoi había mejorado, la situación ha cambiado y está peor que nunca. No puedo dejarla sola».

Las excusas de siempre, pensó Rokujo, pero le escribió:

Ahora me toca a mí deshacer el camino del amor
con las mangas húmedas,
y marchar más allá,
hacia los campos embarrados…
¡Lástima que tu pozo tenga tan poco agua!
Dos párrafos más adelante, Murasaki introduce, de modo progresivamente intenso, al fantasma vampiro:
En el palacio de Sanjo, el espíritu maligno se mostraba cada vez más activo y Aoi empeoraba a ojos vista. No faltaban rumores que apuntaban a Rokujo, insinuando que el espíritu torturador era el de ella o el de su padre, el difunto príncipe. 
Mientras, la acusada trataba de analizar minuciosamente sus sentimientos hacia Aoi […]. Empezó a tener un sueño recurrente: en la estancia magníficamente amueblada de una dama que Rokujo identificaba con su rival, ella la sacudía y la golpeaba violentamente… ¡Era terrible! A veces se preguntaba desconcertada, si su alma había salido de su cuerpo y estaba actuando por su cuenta. El mundo no solía hablar bien de gente que había hecho cosas mucho menos graves. Si Aoi moría, todos la señalarían con el dedo. No era infrecuente que los espíritus de los muertos, ofendidos en vida, continuaran arrastrándose por el mundo para vengarse. Siempre le había parecido algo odioso, pero he aquí que ahora le tocaba protagonizar una situación como aquella antes de morir…
Pasa luego la narradora a exponer los sentimientos del protagonista, con un estilo tan plástico que nos parece ver el cuadro completo:
Profundamente inquieto, Genji enviaba mensajeros a casa de Rokujo con mucha frecuencia.
Tampoco [en] su esposa, que le preocupaba mucho más, notaba signos de mejoría. […] La trenza larga y gruesa que caía por un lado de su rostro destacaba sobre el blanco de su camisa y la ropa de la cama. En aquella ocasión le pareció mucho más bella que cuando se presentaba ante él perfectamente vestida, pero glacial como un témpano, y le cogió la mano.
—¡Qué terrible!, —susurró la moribunda—. ¡Qué terrible resulta todo esto para ti! […]
Y con voz suave y afectuosa recitó:
—¡Cosed el dobladillo de mi vestido
para que no escape
el alma dolorida
que quiere huir a otra parte!
Aquella no era la voz de Aoi ni su modo de hablar. Genji advirtió súbitamente que la voz pertenecía a Rokujo y quedó petrificado. Había oído decir que aquellas cosas ocurrían, pero siempre le parecieron supersticiones solo aceptadas entre gente vulgar e ignorante. Y he aquí que, ante sus propios ojos, tenía una prueba palpable de que aquel fenómeno monstruoso que le habían contado resultaba perfectamente posible.
¿Si el narrador, en vez de Murasaki, hubiera sido varón, habría captado hasta tal punto la importancia del fantasma —los deseos reprimidos—, que tan bien se detecta a través de estas líneas?


CLARA JANÉS, Guardar la casa y cerrar la boca, Siruela, Madrid, 2015, págs. 40-42.

Ordine sobre Dickinson


There is no Frigate like a Book
To take us Lands away
Nor any Coursers like a Page
Of prancing Poetry –
This Travel may the poorest take
Without oppress of Toll –
How frugal is the Chariot
That bears the Human Soul.
No hay fragata como un Libro
Para llevarnos por esos Mundos
Ni Corceles como una Página
De encabritada Poesía —
Esta Travesía la puede realizar el más pobre
Sin la presión del Peaje —
Qué frugal es la Carroza
Que transporta al Alma Humana.

EL VIAJE MÁS BELLO ES LA LECTURA

Emily Dickinson está en lo cierto: no existe mejor medio para viajar que la literatura. Un libro puede conducirnos a lugares más remotos que cualquier bajel («No hay fragata como un Libro | Para llevarnos por esos Mundos»), del mismo modo que un poema puede hacernos marchar al galope mejor que un caballo de carreras («Ni Corceles como una Página | De encabritada Poesía»). Se trata, en cualquier caso, de viajes que no requieren dinero: a quien desea partir no le es preciso pagar un billete («Esta Travesía la puede realizar el más pobre | Sin la presión del Peaje»). Un libro es una «carroza frugal», simple, austera. Y el alma humana, que no se interesa por la comodidad del vehículo, sino por la aventura del viaje en sí, no dudará en dejarse transportar. En la poesía de Dickinson, sin embargo, el viaje provocado por la lectura no es el único que está en juego. Hay también el viaje que encarna la experiencia misma de la escritura. Y 1775 fragmentos—que componen la obra completa de la poeta estadounidense y que sólo vieron la luz, tras años de existencia manuscrita, con la edición de Thomas H. Johnson publicada en 1955—representan esta necesidad de impulsarse más allá de cualquier confín para explorar los meandros más oscuros y remotos del alma. Precisamente ella—que, en el momento más vivo de su creatividad, entre 1860 y 1865, se recluye en la casa paterna sin traspasar el jardín (en «Dulces montañas, vosotras no me mentís» [«Sweet Mountains — Ye tell Me no lie», 722] se autodefine como la «Monja Rebelde» [«The Wayword Nun»])—hace de sus versos los más eficaces corceles para viajar, sin peaje alguno, por su rico mundo interior y para ver lo que nunca ha visto («Yo nunca vi un Páramo — | Yo nunca vi el Mar — | Pero sé cómo es el Brezo | y qué es una gran Ola», 1052). Sólo la poesía, «una Casa más bella que la Prosa» que tiene «por Techo Eterno | Los Tejados del Cielo», permite a su múltiple «yo» recorrer los espacios infinitos para perderse y reencontrarse («Mi Trabajo — es Éste», 657). Pero también la poesía, como «carta al mundo», está destinada a realizar un viaje: aquel que, en el curso del tiempo, le permitirá dar alcance a sus ignotos destinatarios.


NUCCIO ORDINE, "Emily Dickinson: Ninguna fragata", recogido en Los hombres nunca son islas, Acantilado, Barcelona, 2022, traducción de Jordi Bayod Brau, págs. 163-165.

Tennessee Williams sobre Jane Bowles


Llegamos a Gibraltar y allí conocimos a Jane Bowles, la esposa de Paul, a quien considero la mayor figura que ha dado la novelística norteamericana. Es probable que juzguen ustedes disparatada tal opinión, pero no tengo más remedio que sustentarla. Toda su obra respiraba una sensibilidad incomparable, que yo encuentro aún más conmovedora que la de Carson McCullers. Y era una chiquilla encantadora, rebosante de humorismo y afecto y que sufría unos curiosos y enternecedores accesos de pánico, que yo tomé al principio por puro teatro, pero cuya total autenticidad descubrí bien pronto. Y no es que quiera dar a entender, dios me libre, que el teatro no es auténtico en ocasiones.

A su muerte, ocurrida, tras una larga enfermedad, en un convento-hospital de Málaga, España, en 1973, Jane Bowles dejó un enorme vacío en la vida de cuantos tuvieron la dicha de conocerla. Sus obras completas, cuando aparecieron en un único volumen hace cosa de siete años, comprendían una novela de incomparable calidad, The Serious Ladies, una colección de cuentos breves como no los ha escrito de semejante sensibilidad otro autor de su época, y una pieza de teatro curiosamente estimada por debajo de sus méritos: In the Summer House. Tuve la fortuna de ver esa obra en su estreno en Estados Unidos, en el University Theatre de Ann Arbor, Michigan, protagonizada por la desaparecida Miriam Hopkins, que ofreció una soberbia actuación.


TENNESSEE WILLIAMS, Memorias, Bruguera, Barcelona, 1985, traducción de Antonio Samons, pág. 222.

Szymborska sobre Milosz


No a todos les salió bien la lectura, unos recitaban con un insoportable pathos, a otros se les cortaba la voz y las hojas temblaban en sus manos. De pronto anunciaron a un tal Milosz. Leyó sus poemas sin miedo y sin exagerar en la declamación. Como si pensara en voz alta y nos invitara a pensar con él. "Eso es", me dije, "es la poesía verdadera y es un poeta verdadero." Ciertamente fui muy injusta. Allí había dos o tres poetas más que merecían atención. Pero la excepcionalidad tiene escaños. Tuve el presentimiento de que había que levantar mucho la cabeza para llegar a Milosz.


WISLAWA SZYMBORSKA, fragmento de Timidez, artículo en que relata la primera vez que vio a Milosz, el 31 de enero de 1945 en un recital en Cracovia, recogido por ANNA BIKONT y JOANNA SZCZĘSNA en Trastos, recuerdos, Pre-Textos, Valencia, 2015, traducción de Elzbieta Bortkiewicz y Ester Quirós, pág. 594.

Jünger sobre Austen


Santorín, 20 de mayo de 1984

Una ventaja colateral del viaje: uno topa con libros que en casa, no digo que apenas habría apreciado sino que ni siquiera habría leído, como Emma, una novela femenina de época postnapoleónica, de Jane Austen. Se echa mano de él, faute de mieux, se le coge el gusto; se hacen descubrimientos que de lo contrario nunca se habrían hecho.

En Inglaterra, a diferencia de Prusia (“Aquí las familias pueden hacer café”), después de Trafalgar y Waterloo debió surgir en las clases medias y superiores un juste milieu que estaba vinculado a un muy fino equilibrio en cuestiones de moral, de orden de valores y de comportamiento.

Se comprende que los caracteres se mantengan dentro de determinados límites y que se buscara en vano excesos en lo demónico o lo erótico, o provocaciones como en el caso de Oscar Wilde. Antes bien, lo que se encuentra es un clima en la sociedad como lo hay en Stifter en la naturaleza.

Una sola palabra imprudente es sopesada y criticada a lo largo de páginas y páginas. En esos salones los héroes y las heroínas no pueden destacar; la medida produce una nobleza de carácter no expuesta a pruebas excesivamente fuertes. En esa novela llama la atención que en sus quinientas páginas apenas se hable de trabajo. La sociedad vive o bien de sus propiedades, administradas por aparceros, o del capital, siendo preferible el heredado al adquirido. Es obvio que hay cocineros, cocheros, servidumbre; todos trabajan sin que nadie los vea, como los Heinzelmännchen, en una ocasión se menciona de pasada a un Butler. Frank Churchill no dice, por ejemplo: “He dicho a mi cochero que se presente allí con los caballos”, sino: “Mis caballos me esperan allí”.

Solo las institutrices participan en la vida de la familia. La enseñanza es sobre todo recreativa: música, dibujo, trabajos manuales, literatura. Se añade a ello la supervisión del comportamiento: la urbanidad que obra más por su continuidad que por intervenciones pedagógicas.


ERNST JÜNGER, Pasados los setenta III. Diarios (1981-1985), Tusquets, Barcelona, 2007, traducción de Carmen Gauger, págs. 319 y 320.

Berger sobre Sontag


Susan Sontag era una artista, y además una mujer solidaria; recuerda lo que hizo en Sarajevo; siempre tuvo interés por los demás. Su egocentrismo es el egocentrismo natural de los artistas. Sin ego, ¿qué hace un artista? Necesita el ego para caminar, para respirar. La literatura es el ego escrito.


JOHN BERGER, recogido por Juan Cruz Ruiz en Egos revueltos, Tusquets, Barcelona, 2010, pág. 394.

Woolf sobre Mansfield


Los más distinguidos autores de relatos que hay en Inglaterra están de acuerdo, señala Murry, en que como autora de relatos Katherine Mansfield se halla hors concours. Nadie ha sido capaz de sucederla, y no hay crítico que haya sabido definir en qué consiste su inigualable calidad.


VIRGINIA WOOLF, Horas en una biblioteca, El Aleph Editores, Barcelona, 2005, traducción de Miguel Martínez-Lage, pág. 145.

Bloom sobre Dickinson


Deduzco que es mejor conocer nuestros propios límites si vamos a leer a esta formidable mujer y si vamos a tratar de entender su genio. ¿Qué otros escritores estadounidenses son tan eminentes? Yo diría que sólo tres: Emerson, Whitman y Henry James. Hay otros que se acercan bastante: Hawthorne, Melville, Mark Twain, Frost, Faulkner, Stevens, Eliot, Hart Crane. Ante la pregunta de la isla desierta y si sólo pudiese llevar a un estadounidense tendría que responder que Whitman, pero Emerson y Dickinson serían más que suficientes. Nadie debe ser tan tonto como para ser condescendiente con Dickinson o para ponerla a militar en las filas de una ideología o de un credo cualquiera. Hazlitt tenía razón cuando dijo que con Wordsworth uno se sentía empezando de cero, con una tabula rasa de poesía. Esto no es tan cierto en el caso de Dickinson, pero no está muy lejos. Y en lo que se refiere a su originalidad cognitiva supera a todos los poetas occidentales excepto a Shakespeare y a Blake. Piensa con más lucidez y siente con más plenitud que cualquiera de sus lectores y es muy consciente de su superioridad.


HAROLD BLOOM, Genios, Anagrama, Barcelona, 2005, traducción de Margarita Valencia Vargas, pág. 436.

Yourcenar sobre Shikibu


MATTHIEU GALEY: ¿Qué es lo que más le atrajo de esa novela japonesa, el Genghi Monogatari? 
MARGUERITE YOURCENAR: Es una de las más ricas que yo conozca, por la complejidad de los personajes femeninos, y la extraordinaria sutileza del personaje del príncipe Genghi en su relación con sus diferentes mujeres, en su sentido de la variedad de esas personas, de la variedad de sus sentimientos por ellas, y de nuevo estamos unas veces ante el amor compasión, otras veces ante el amor simpatía o el amor juego, de gran estilo, de una civilización que posee todas las artes, además de las del hecho, la poesía, la pintura, la caligrafía, la mezcla de perfumes, y también el contacto con lo invisible. 

MATTHIEU GALEY: ¿A qué podría semejarse en la literatura occidental?
MARGUERITE YOURCENAR: A nada en absoluto. Es de una sutileza increíble, no sólo en la psicología de las relaciones entre hombres y mujeres, sino también en el sentido profundo de la fluctuación de las cosas, del paso del tiempo, del hecho de que los incidentes de estos amores son a la vez trágicos, deliciosos y fugitivos. El comienzo es admirable. El emperador –que ha perdido a su amante, mentalmente torturada por las intrigas de palacio y por sus rivales, ya que además, no pertenecía a ninguno de los clanes todopoderosos de la corte– el emperador entonces, envía a una dama de honor a indagar qué ha ocurrido con la anciana madre de esa mujer, y con el niño que ha tenido de ella. La dama de honor regresa y le describe una casa bastante abandonada, la lluvia que cae dentro de la casa, el jardín desierto, la anciana madre llorosa que no puede explicarse nada, y el niño, por el contrario, alegre, lleno de vida, muy hermoso. Ese sentimiento del paso de las generaciones, de su soledad, y al mismo tiempo de sus lazos a través de la vida y la muerte, es magnífico. Cuando me preguntan quién es la novelista que más admiro, pienso de inmediato en Murasaki Shikibu, con gran respeto y reverencia. Es en verdad la gran escritora, la gran novelista japonesa del siglo XI, es decir, una época en la cual la civilización japonesa estaba en su apogeo. En suma, es el Marcel Proust de la Edad Media nipona; tiene el instinto, el sentido de las variaciones sociales, del amor, del drama humano, de la forma en que los seres se estrellan contra lo imposible. No se ha escrito nada mejor en ninguna literatura.

MATTHIEU GALEY: ¿Y esa literatura la ha influenciado, de una u otra manera?
MARGUERITE YOURCENAR: Por supuesto, nunca escribí nada que se le pareciera. Hubiera debido hallar un tema que permitiera esas variaciones, y el talento de Murasaki es inimitable, pero es seguro que su ejemplo debió afirmar mi sensibilidad. Ese sentido de una pulsación del tiempo distinta a la que habitualmente es la nuestra, ha sido mío desde muy temprano, pero mis temas eran totalmente diferentes, y quizá también mis pensamientos.


MARGUERITE YOURCENAR, Con los ojos abiertos: conversaciones con Matthieu Galey, Plataforma Editorial, 2008, Barcelona, traducción de Elena Berni, págs. 132-134.

Pasternak sobre Tsvetáyeva


En el sitial más alto coloco a Tsvetayeva, que fue un poeta formado desde su comienzo mismo. En una época de afectaciones ella tuvo su propia voz: humana, clásica. Era una mujer con alma de hombre. Su lucha con la vida cotidiana le dio fuerza. Se esforzó por alcanzar la completa claridad y lo logró. Es un poeta más grande que Ajmatova, cuya sencillez y lirismo yo siempre he admirado. La muerte de Tsvetayeva fue una de las grandes tristezas de mi vida.


BORIS PASTERNAK, fragmento de la entrevista de Olga Carlisle publicada en The Paris Review, The Art of Fiction No. 25, recogida en El oficio de escritor, Ediciones Era, México DF, 2006, traducción de José Luis González, pág. 83.

Nin sobre Henry Miller


Henry es como un animal mítico. Su estilo es llamativo, torrencial, caótico, traicionero, peligroso. Nuestra época necesita violencia. Me gusta la firmeza de su estilo de escritor, esa horrible fuerza, destructiva, valiente, catártica. Esa extraña mezcla de adoración por la vida, entusiasmo, interés apasionado por todo, energía, exuberancia, risa y repentinas tormentas destructoras. Me desconcierta. Todo lo lanza lejos y a estallidos: la hipocresía, el miedo, la mezquindad y la falsedad. Es una afirmación del instinto. Emplea la primera persona, nombres reales; repudia el orden, la forma y hasta la ficción misma. Escribe con la falta de coordinación con que sentimos, a varios niveles al mismo tiempo.

Siempre he creído en la libertad de André Breton para escribir como uno piensa, con el orden y el desorden con que uno piensa y siente, para ensartar sensaciones y correlaciones absurdas de hechos e imágenes, para confiar en los nuevos ámbitos a que todo eso nos conduce. “El culto de lo maravilloso”. También el culto de la primacía del inconsciente, el culto del misterio, la huida de la falsa lógica. El culto del inconsciente tal como lo proclamó Rimbaud. No es locura. Es un esfuerzo por trascender la rigidez y los esquematismos creados por la mente racional.

En Henry hay una extraña mezcla de todo esto. Un libro, una persona, una idea, pueden fácilmente arrastrarle. Es un músico y un pintor.


ANAÏS NIN, Diario I (1931-1934), Bruguera, Barcelona, 1981, traducción de Enrique Hegewicz, pág. 24.

Pla sobre Rosalía de Castro


Tengo una idea muy vaga de la literatura gallega, y buena falta me hace, pero aún así he oído decir que la señora Rosalía de Castro ha pasado un poco de moda en los ambientes literarios. Las modas, a mí, siempre me han resbalado, de modo que la literatura de esta señora, que, a veces, es melindrosa y lánguida, poco mental y demasiado intimista, me gusta como el primer día que la leí, hace muchos años. Esta señora posee una sensibilidad muy delicada, real, nada declamatoria, nada retórica, muy viva, a través de la cual explica una gran parte de Galicia, la del goteo de la lluvia, que, para mi gusto, es ordenado y confortable. 


JOSEP PLA, Diccionario Pla de literatura, Destino, Barcelona, 2001, traducción de Jorge Rodríguez Hidalgo, pág. 107.

Plath sobre Sexton


PETER ORR: Ahora, con el paso de los años, ¿puedes decir qué temas te atraen particularmente como poeta, cosas sobre las que te gustaría escribir?
SYLVIA PLATH: Tal vez esto sea un rasgo americano: Estuve muy emocionada por la nueva revelación que surgió, por ejemplo, con "Estudios de la vida" de Robert Lowell, fue la revelación intensa de una experiencia emocional muy seria, muy personal, que siento que ha sido tabú. Los poemas de Robert Lowell sobre su experiencia en un hospital psiquiátrico, por ejemplo, me interesaron mucho. Estos temas peculiares, privados y tabúes, están empezando a ser explorados en la poesía norteamericana reciente. Pienso particularmente en la poeta Anne Sexton, que escribe sobre sus experiencias como madre, como una madre que tuvo una crisis nerviosa, ella es una joven extremadamente emocional y sensible, y sus poemas son maravillosamente artesanales y, sin embargo, tienen una especie de emoción y de profundidad psicológica que tal vez es algo nuevo y muy excitante.


SYLVIA PLATH, entrevista con Peter Orr realizada el 30 de octubre de 1962, extraída de la página Modern American Poetry. Toda la entrevista AQUÍ.

Foster Wallace sobre Flannery O'Connor


El talento es solo un instrumento. Es como tener un bolígrafo que funciona en lugar de uno que no. No digo que yo sea capaz de trabajar sistemáticamente bajo esa premisa, pero parece que la gran diferencia entre el buen arte y el arte mediocre radica en algún lugar dentro del propósito del corazón del arte, en los intereses de la consciencia que hay tras el texto. Tiene algo que ver con el amor. Con la disciplina de sacar la parte de ti capaz de amar en lugar de esa parte que solo quiere ser amada. Sé que esto no está de moda en absoluto. No sé. Pero al parecer una de las cosas que los escritores de ficción verdaderamente geniales hacen —desde Carver a Chejov hasta Flannery O’Connor, o como el Tolstoi de «La muerte de Iván Ilich» o el Pynchon de El arcoíris de gravedad— es darle al lector algo. El lector se marcha del arte auténtico mucho más pesado de lo que entró. Más lleno. Toda la atención y el compromiso y el trabajo que se le requieren al lector no pueden ser para tu propio beneficio; tiene que ser para el suyo.


DAVID FOSTER WALLACE, Conversaciones con David Foster Wallace, edición de Stephen J. Burn, Editorial Pálido Fuego, 2016, Málaga, traducción de José Luis Amores, pág. 99.

Despentes sobre Bukowski


Mi lectura reconfortante es Charles Bukowski. Lo leí por primera vez a los 13 años y desde entonces no he parado. Sus libros son como amigos. A veces me harto de todas sus tonterías machistas, como de un viejo amigo que es como de la familia y puede llegar a ser un pesado, pero en general me hace sentir bien. Y me hace sentir muy segura de lo que hago como escritora. Y de lo que nunca debo hacer. Es realmente una lectura reconfortante: si me siento deprimida, perdida o demasiado avergonzada para seguir escribiendo, recurro a Bukowski.


VIRGINIE DESPENTES, «Charles Bukowski es mi lectura reconfortante. Me hace sentir bien», The Guardian, 31 de julio de 2020. Todo el artículo AQUÍ

Sontag sobre el "Diario" de Gide


10/9/48 [Escrito y fechado en la parte interior de la tapa del ejemplar de SS del segundo volumen del Diario de André Gide].

Terminé de leerlo a las 2.30 a.m. del mismo día que lo adquirí –

Debería haberlo leído mucho más despacio y tengo que releerlo muchas veces – ¡Gide y yo hemos alcanzado tal perfecta comunión intelectual que siento los mismos dolores de parto de cada idea que alumbra! Por lo tanto, no pienso: «Qué extraordinaria lucidez», sino: «¡Basta! ¡No puedo pensar tan deprisa! O más bien ¡no puedo crecer tan deprisa!».

Pues no solo estoy leyendo este libro, sino creándolo yo misma, y esta experiencia única y descomunal ha purgado mi mente de gran parte de la confusión y la esterilidad que la han atascado todos estos horribles meses –


SUSAN SONTAG, Renacida. Diarios tempranos 1947-1964, Mondadori, Barcelona, 2011, traducción de Aurelio Major.