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Dos poemas de "Una fría primavera", de Elizabeth Bishop, traducidos por Sam Abrams y Joan Margarit


CARTA PARA N. Y.


Para Louise Crane


En tu próxima carta desearía que me dijeses

dónde vas y qué haces.

Cómo son los espectáculos, y después de los espectáculos,

en qué placeres has insistido:


cogiendo taxis en medio de la noche,

impulsándote como si fueses a salvar tu alma

donde la calle da vueltas y vueltas alrededor del parque

y el brillo del taxímetro es como una lechuza moral,


y los árboles con el aspecto extraño y verde

alzándose solitarios en grandes cuevas negras

y de repente tú estás en un lugar distinto

donde todo parece suceder en olas,


y la mayor parte de las bromas no las puedes coger,

como groserías borradas de una pizarra,

y las canciones son ruidosas pero de alguna manera inaudibles

y se hace tan terriblemente tarde,


y saliendo de la casa de piedra marrón oscuro

hacia la acera gris y la calle regada,

uno de los lados de los edificios se eleva con el sol

como un brillante campo de trigo.


–Trigo, no cebada, querida. Temo

que si es trigo no sea de tu sembrado,

y sin embargo me gusta saber

qué estás haciendo y adónde vas.




INVITACIÓN A MISS MARIANNE MOORE


Desde Brooklyn, sobre el Puente de Brooklyn, en esta agradable mañana,

por favor, venga volando.

En una nube de apasionados, pálidos productos químicos,

por favor, venga volando.

Por el rápido repicar de miles de pequeños tambores azules

descendiendo del cielo aborregado

sobre la brillante tribuna del agua del puerto,

por favor, venga volando.


Las sirenas, los estandartes y el humo ondean y suenan.

Los barcos están haciendo cordiales señales con multitud de banderas

subiendo y bajando como pájaros sobre el puerto.

Entre usted: dos ríos sostienen con elegancia

incontables, pequeñas translúcidas jaleas

en un centro de mesa de cristal tallado con cadenas de plata colgando.

El vuelo es seguro; el tiempo está a punto.

Las olas corren en versos esta amable mañana.

Por favor, venga volando.


Venga con la punta de cada zapato negro

llevando un relevante zafiro,

con una negra capa de alas de mariposa e ingeniosas palabras.

Con los ángeles, el cielo sabe cuántos, todos cabalgando

en la ancha ala negra de su sombrero,

por favor, venga volando.


Sosteniendo un inaudible ábaco musical,

un delicado ceño fruncido que censura, y con cintas azules,

por favor, venga volando.

Hechos y rascacielos centellean en la marea: Manhattan

está todo él lavado por la moral esta agradable mañana,

por tanto, por favor, venga volando.


Subiendo por el cielo con natural heroísmo,

por encima de los accidentes, por encima de odiosas películas,

las cabinas de los taxis y las injusticias por todas partes,

mientras los cláxones están resonando en sus bellas orejas

que simultáneamente escuchan

una suave música sin inventar, apropiada para el ciervo almizclero,

por favor, venga volando.


Para la que los sombríos museos tendrán un buen trato,

como el cortés pardillo macho,

para aquella a la que esperarán los agradables leones echados

en las escaleras de la Biblioteca Pública,

impaciente por subir y continuar a través de las puertas

hacia arriba, a las salas de lectura,

por favor, venga volando.

Podemos sentarnos y llorar; podemos ir de compras,

o jugar todo el rato al juego de ser malas

con la serie, que no tiene precio, de los vocabularios,

o podemos valientemente lamentarnos, pero, por favor,

por favor, venga volando.


Con dinastías de negativas construcciones

oscureciéndose y agonizando en torno suyo,

con gramáticas que con frecuencia vuelven y brillan

como volantes bandadas de andarríos,

por favor, venga volando.


Venga como una luz en el blanco cielo aborregado,

venga como un cometa diurno

con un largo y nunca confuso tren de palabras.

Desde Brooklyn, sobre el Puente de Brooklyn, en esta agradable mañana,

por favor, venga volando.



ELIZABETH BISHOP (Estados Unidos, 1911-1979), Una fría primavera, Obra poética, Ediciones Igitur, Barcelona, 2008, traducción de Sam Abrams y Joan Margarit, págs. 131-173. 


Elizabeth Bishop descubre la cortisona


Bishop solía sentirse culpable por su modesta producción (apenas publicó un centenar de poemas a lo largo de su vida), y deseaba haber escrito más. Hubo un corto periodo de tiempo durante los cincuenta en que intentó acelerar el proceso creativo con estimulantes. Por aquel entonces ya se había marchado de Estados Unidos para irse a vivir a Brasil junto a su amante, la arquitecta Lota de Macedo Soares. Pero al instalarse en su nueva casa descubrió que su asma crónica había empeorado significativamente. Para paliarla, Bishop empezó a tomar cortisona, y descubrió unos efectos secundarios del fármaco que podían ser potencialmente beneficiosos para una escritora; producía insomnio mezclado con una especie de euforia creativa, una combinación que consideró que podría resultarle muy útil para seguir escribiendo los poemas y los relatos en los que estaba trabajando en ese momento. "Empezar a tomarla es absolutamente fantástico", aseguró Bishop al poeta Robert Lowell, su amigo íntimo y confidente. 
Puedes pasarte la noche entera escribiendo y al día siguiente sentirte estupendamente. Gracias a la cortisona, en tan solo una semana he conseguido escribir dos relatos. Cuando pasa el efecto no te sientes muy mal si sigues todas las recomendaciones, pero una vez no lo hice y estuve llorando durante un día entero sin motivo alguno. Ahora, espero que me ayude a terminar este poema imposible para H. Mifflin [su editor]... [...]. Pruébala algún día. Me parece que puede ir bien para todo.
Pero la euforia duró más bien poco, ya que Bishop enseguida empezó a preocuparse por los efectos que el fármaco estaba ocasionando en sus emociones y dejó de tomarlo. Parece ser que con el tiempo acabó aceptando su ritmo de trabajo paulatino e intermitente. Le gustaba citar a Paul Valéry: "Un poema nunca se acaba, solo se abandona".


MASON CURREY, Rituales cotidianos: las artistas en acción, Turner Publicaciones, Madrid, 2019, traducción de Marta de Bru de Sala.