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Tres poemas de Sylvia Plath del año 1956 traducidos por Xoán Abeleira

ODA A TED

Bajo el crujido de la bota de mi hombre
brotan verdes retoños de avena;
él pone nombre a un avefría, hace que los conejos salgan
huyendo en estampida, a todo correr
hacia un seto decorado con zarzamoras;
él acecha al zorro rojo y a la astuta comadreja.

Esos montículos de marga los dejan los topos
cuando hurgan en busca de gusanos –afirma–,
los topos, que tienen la piel azul; tras coger un sílex
protuberante, laminado de yeso, él lo parte
con una piedra; los colores desollados maduran
abundantes, marrones, insólitos bajo el resplandor del sol.

Con sólo mirarlas, él fecunda las tierras liegas:
los campos roturados como con los dedos
echan tallos, hojas, frutos con corazón de esmeralda;
los granos resplandecientes, que tan raramente brotan,
él los fuerza a abrirse a su antojo temprano;
A petición de su fuerte y leal mano, los pájaros construyen.

Las palomas torcaces se posan a gusto en su soto,
incuban canciones que se acoplan al modo
en que él camina; ¡cómo no va a estar contenta
la mujer de este Adán
cuando toda la tierra, respondiendo a su llamada,
brinca de alegría, ensalzando la sangre de semejante hombre!



LOS MENDIGOS

Ni el anochecer ni las frías miradas desalientan
A estos trágicos con aspecto de cabra que pregonan
El infortunio como si vendieran higos o pollos,

Y que, despotricando contra cada uno de sus días,
Maldicen el parcial, arbitrario juicio de la naturaleza.
Bajo una pared blanca y una ventana morisca

Hacen muecas de sincera aflicción, degradados por el tiempo,
Caricaturas de sí mismos que viven a costa
De las monedas de la piedad. Al azar,

Uno de ellos se coloca entre los huevos y las hogazas,
Sosteniendo el muñón de su pierna en una muleta,
Agitando su taza de estaño ante las amas de casa.

Con sus pérdidas y sus carencias, estos mendigos abusan
De las almas más tiernas que las suyas,
Endurecidas por un tipo de sufrimiento incomprensible

Para las conciencias más delicadas. El ocaso oscurece
El puro, exorbitante azul de la bahía,
La casa blanca y los almendros. Los mendigos

Sobreviven a su maléfica estrella,
Con su sarcasmo y su pérfido brío desconciertan
A la oscuridad, a la mirada que los compadece.



ELLA MASON Y SUS ONCE GATOS

La anciana Ella Mason alberga gatos, once tiene ya
En su desvencijada casa de Somerset Terrace.
La gente le da a la lengua
Al ver la gatería de nuestra vecina,
Diciendo: “Una mujer que recoge tantos michos
No puede ser trigo limpio”.

Con su extraño aire aguardentoso, su cara roja como una sandía
Y su voz cascada y jadeante, Ella Mason
Cobija así, por las buenas,
A Tabby, Tom y el resto de la tropa creciente,
Deleitando el paladar de sus huéspedes
Melindrosos con nata y vísceras de pollo.

Dicen en el pueblo que, antaño,
Ella era una joven muy chic, de andares descocados
Y arrogante belleza, que mataba
A los dandys con sus ojos esmeraldas.
Ahora es una solterona entrada en carnes que cierra la puerta
A todo el mundo salvo a los gatos.

Una vez, cuando éramos niños, espiamos a la señorita Mason
Mientras dormitaba en su cocina pavimentada con platitos.
En las fundas de los sillones, encima de la mesa,
Sobre las alacenas, yacían repantigados aquellos caraduras,
Devanando un bronco ronroneo desde sus peludas gargantas:
¡Qué gatos tan estentóreos!

Entre codazos y risitas, preparados para salir pitando,
Escudriñamos ansiosos a través de las telarañas de la puerta,
Mirando directamente los ojos amarillos
De los guardianes agazapados alrededor de su ídolo,
Mientras Ella sesteaba con su cara regordeta y bigotuda de sagaz raposa:
La reina efigie de los gatos.

“¡Mirad! ¡Ahí va Doña Gatos Mason!”, nos reíamos con disimulo
Mientras bajaba arrastrando los pies por Somerset Terrace
A comprar comida para sus michos del alma,
Cada estación más vaca gorda y zarrapastrosa;
“La Señorita Ella está como un cencerro por andar en trazos
Con once mininos”.

Pero ahora que el tiempo nos ha vuelto más indulgentes, nos percatamos
De que la Señorita Mason, celosa y solitaria,
Evita a las chicas que se casan–
Recatadas unas, dóciles otras–, sabiendo muy bien
Que las presuntuosas mujerzuelas pasan sus deprimentes noches nupciales
De solteronas enfurruñadas, proscritas como gatas salvajes.


SYLVIA PLATH (Boston, 1932 - Londres, 1963), Poemas de 1956, Poesía Completa, Bartleby Editores, Madrid, 2008, traducción de Xoán Abeleira, págs. 30-95. 

Un estudio llamado "efecto Sylvia Plath" afirma que la poesía atrae a mujeres propensas a la autodestrucción


Escribir poesía es perjudicial para la salud. Es al menos lo que se desprende de The cost of the muse: Poets die young, un estudio científico realizado por el profesor James Kaufman del Instituto de Investigación del Aprendizaje de la Universidad Estatal de California, en San Bernardino. Según el informe, publicado en el oscuro periódico Death Studies, los poetas mueren antes que los novelistas, los dramaturgos y los escritores de no-ficción. El doctor Kaufman llegó a esta conclusión luego de haber analizado el caso de 1987 escritores célebres muertos, oriundos de Norteamérica (incluyendo México y Canadá), China, Turquía y Europa de Este. Tras procesar varios diccionarios biográficos, halló el siguiente resultado: los poetas vivieron un promedio de 62,2 años, los dramaturgos estiraron hasta los 63,4; los novelistas por su parte llegaron a soplar 66 velitas, mientras que los más longevos resultaron los autores de no ficción, con 67,9 primaveras. “La imagen del poeta como una figura clásica, condenada a morir tempranamente, puede ser avalada por los hechos”, resume Kaufman. Y no son John Keats, fallecido a los 26 años, Lord Byron a los 36 o Rimbaud a los 37 entre tantos otros quienes van a desmentirlo.

A la hora de buscar una explicación a esta tendencia a vivir rápido y entregar un cadáver joven, Kaufman explica: “La poesía puede atraer a gente propensa a la autodestrucción. La poesía tiende a ser más introspectiva, expresiva y emotiva que la ficción y la no-ficción. Estar en un campo subjetivo y emotivo se asocia con la inestabilidad mental”. Y agrega: “Si uno rumia mucho, es más probable que se deprima, y los poetas se la pasan rumiando”. Este comportamiento se vería agravado por la soledad de su trabajo, un aislamiento que no comparten los dramaturgos, ensayistas o biógrafos, que necesitan interactuar con otros individuos que participan de su labor, rompiendo así el cerco del autoconfinamiento. Para el psicólogo, a esta razón hay que sumarle la “naturaleza mística de los poetas”, quienes creen muchas veces que su trabajo es el resultado del dictado de “una musa, una inspiración divina”. Por este motivo, quienes escriben versos atribuyen erróneamente sus poemas a una entidad externa, y no disfrutan del “crédito” de lo que han obtenido. Esto se traduciría en un “aumento del riesgo de depresión y de otros desórdenes emocionales”, principalmente “entre las mujeres con poca autoestima”.

Si el oficio de escribir es violento con los bardos, parece ensañarse particularmente cuando son de sexo femenino. En un trabajo anterior, The Sylvia Plath Effect: Mental illness in Eminent Creative Writers, James Kaufman había analizado el caso de 1629 escritores con signos de enfermedad mental. Esta vez concluía: “Se encontró que las poetas tenían una mayor propensión a sufrir enfermedades mentales que las escritoras de ficción o un escritor de cualquier tipo”. Un segundo estudio incluyó artistas visuales, actrices y políticas, con idéntico resultado. “Es lo que he llamado el efecto Sylvia Plath”, recuerda Kaufman, quien también podría haber bautizado el fenómeno “Alfonsina Storni” o “Alejandra Pizarnik”. Marcada por el suicidio del padre, cuando ella tenía tan sólo 8 años, la norteamericana Sylvia Plath se volcó tempranamente a la poesía, persiguiendo con obsesión la perfección del estilo. A los treinta años, luego de varias tentativas, escribió sus últimos versos y se suicidó.

Ante estas observaciones, James Kaufman se place en verificar el cliché del poeta maldito, que carbura con ajenjo, opio y sustancias varias hasta consumirse en un destello fulgurante. Admite como al pasar que otro factor que explica que los poetas figuren como muriendo más jóvenes, “es la notoriedad alcanzada a temprana edad, ya que producen a los veinte años el doble de obra que los novelistas”. Contrariamente al poeta, un novelista que desaparece a los 30 difícilmente deje en este mundo su obra magna, y por eso no aparece en las estadísticas.

En todo caso, Kaufman parece preocupado por la escasez de estudios empíricos sobre este asunto. Insta a “ayudar a las jóvenes poetas en peligro para que controlen a su musa en vez de ser tragadas por ellas”, antes de hacer un llamado cívico a los psicólogos para salvar a esta especie de rápida extinción. Nada dice James Kaufman sobre cómo podría afectar esta terapia a la calidad de la poesía.


ALEJO CHAPIRE, La sociedad de los poetas muertos, Página/12, 27 de junio de 2004. Todo el artículo AQUÍ.

Plath sobre Sexton


PETER ORR: Ahora, con el paso de los años, ¿puedes decir qué temas te atraen particularmente como poeta, cosas sobre las que te gustaría escribir?
SYLVIA PLATH: Tal vez esto sea un rasgo americano: Estuve muy emocionada por la nueva revelación que surgió, por ejemplo, con "Estudios de la vida" de Robert Lowell, fue la revelación intensa de una experiencia emocional muy seria, muy personal, que siento que ha sido tabú. Los poemas de Robert Lowell sobre su experiencia en un hospital psiquiátrico, por ejemplo, me interesaron mucho. Estos temas peculiares, privados y tabúes, están empezando a ser explorados en la poesía norteamericana reciente. Pienso particularmente en la poeta Anne Sexton, que escribe sobre sus experiencias como madre, como una madre que tuvo una crisis nerviosa, ella es una joven extremadamente emocional y sensible, y sus poemas son maravillosamente artesanales y, sin embargo, tienen una especie de emoción y de profundidad psicológica que tal vez es algo nuevo y muy excitante.


SYLVIA PLATH, entrevista con Peter Orr realizada el 30 de octubre de 1962, extraída de la página Modern American Poetry. Toda la entrevista AQUÍ.