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El filósofo Michel Onfray afirma en una televisión francesa que Brigitte Bardot hizo mucho más por las mujeres que Simone de Beauvoir


Michel Onfray está acostumbrado a hacer declaraciones que causan controversia. El 10 de enero, el filósofo rindió homenaje en su web michelonfray.com a France Gall, quien desapareció tres días antes. En el capítulo que precede al vídeo, Onfray escribió: "La cantante popular France Gall ocupó un lugar en los corazones de los franceses. Aprovecho la ocasión para constatar que las canciones de esta época estaban más adelantadas que la filosofía".

¿France Gall, más avanzada que Gilles Deleuze, Michel Foucault, Roland Barthes o Pierre Bourdieu? Esto es sorprendente. Para el filósofo invitado de Village Media en Europe 1, los cantantes de aquellos años denunciaron los problemas sociales más que los filósofos de ese momento. "¡Y no solo France Gall, sino todos los cantantes yéyé!", dice Michel Onfray. "Todos los yéyés cantaron canciones extraordinarias. Brigitte Bardot hizo mucho más por las mujeres que Simone de Beauvoir. Hay mujeres que vieron con Vadim (Roger Vadim, ex compañero de Brigitte Bardot) lo que una mujer podría ser", argumenta el filósofo. Y agrega: "Una gran cantidad de canciones contenían ideas. Las canciones de Delpech sobre el divorcio hicieron avanzar mucho más que los grandes textos de filósofos publicados en el CNRS".

Michel Onfray atacó a los filósofos de esta época. "Si tomas el trabajo completo de estos filósofos y los pones en perspectiva con la cronología, te das cuenta de que no hicieron el mayo del 68, sino que fueron hechos por el mayo del 68. Antes de mayo del 68, todos eran pequeños profesores con pequeños lazos. Eran profesores universitarios que querían convertirse en maestros en la Sorbona o del Collège de France. Luego intrigaron, porque querían estar cerca del poder".


MICHEL ONFRAY: "Brigitte Bardot ha hecho mucho más por las mujeres que Simone de Beauvoir",  Europe1, 2 de febrero de 2018 (AQUÍ)

Susan Sontag tenía prohibido llamar "mamá" en público a su madre


Mildred tan solo tenía treinta y un años cuando se llevó a su familia a Tucson. Susan la retrata en diversas entrevistas como una mujer vanidosa, egocéntrica e ignorante de todo comportamiento maternal, a la que tan sólo le inquietaba envejecer y perder su atractivo físico. Mildred ordenó a Susan que no la llamara "madre" en público porque no quería que nadie supiera que era lo bastante mayor como para tener una hija. Susan, extrañada, se preguntaba a qué dedicaba su madre el tiempo ya que, incluso después de la muerte de Jack Rosenblatt, pasaba fuera de casa largos períodos durante los cuales dejaba a Susan y a Judith "aparcadas" en casa de otros parientes.

Es probable que Mildred sufriera depresiones durante la primera infancia de Susan. Los profundos cambios en el estilo de vida que la maternidad conlleva debían de resultar especialmente duros para la poco sedentaria Mildred, quien no sólo había perdido un marido sino también los ingresos procedentes de su negocio común y, con ellos, su empleo, su independencia y su posición. Todo ello se había visto sutituido por las insaciables demandas de dos niñas pequeñas. El alcohol le proporcionó un alivio temporal, sirviéndole de cojín amortiguador y tal vez incluso de exaltador de sus sentimientos, aunque la imagen que presenta Sontag es la de una madre flemática, siempre demasiado aturdida o indiferente como para leer las calificaciones de su hija -todo sobresalientes- o hacer comentario alguno al respecto. Se trata de una escena familiar que se repite en las vidas de muchos autores que, como la escritora Anne Rice, comenzaron a escribir de niños a la deprimente sombra de una madre alcohólica.


CARL ROLLYSON / LISA PADDOCK, Susan Sontag. La creación de un icono, Circe, Barcelona, 2002, traducción de Gian Castelli, pág. 15.

El amor entre Elena Garro y Bioy Casares "se seca" a cuenta de cuatro gatos


Bioy, según propia confesión, no se enamoraba nunca. La excepción fue la mexicana Garro, de la que Bioy se enamoró cuando aún era la esposa de Octavio Paz. Esta relación, que fue un secreto bastante bien guardado, no se hizo pública hasta 1996, tres años antes de la muerte del escritor, cuando ella vendió a la Universidad de Princeton sus archivos personales, que incluían las cartas que Bioy le había escrito entre 1949 y 1969. Por entonces estaba en la pobreza más absoluta, fumando compulsivamente cigarrillos mentolados. Garro dijo del romance: “Fue el amor loco de mi vida y por el cual casi muero, aunque ahora reconozca que todo fue un mal sueño que duró muchos años”. Lo había conocido a finales de los 40 en el hotel George V, el más elegante de París, cuando Bioy estaba alojado allí con su esposa Silvina Ocampo. “Mantuvimos una amistad que se prolongó durante 20 años, pero de repente se acabó. Fue un gran amor y creo que fui el amor de su vida. Cuando me fui de México después de 1968 tenía cuatro gatos y no los quería dejar aquí. Me vino a la mente recurrir a Bioy y entonces le mandé mis bichitos en una caja por avión a Buenos Aires, porque sabía que era muy rico y tenía casas grandes donde acogerlos. Aceptó y dijo “los recojo a todos”. Los tuvo un tiempo en su casa. Sin embargo, Pepe Blanco me escribió luego que se los había llevado a una casa de campo, a una quinta, y los había dejado ahí. Me dio coraje. Él adujo que lo había hecho para darles más libertad. Yo, en cambio, me dije: “Pobrecito de mis gatos”. El amor que sentía por él se secó. Haga de cuenta que nunca estuve enamorada”. De Elena Garro ha dicho Bioy, poco antes de morirse, que es la única mujer a la que había “adorado”.


MARIO PAOLETTI, Bioy, el amigo de Borges, Revista de Occidente, Nº 351, Julio-Agosto 2010, págs. 137 y 138.

Victoria Ocampo llama por teléfono a Ortega y Gasset para que elija un nombre para la futura y legendaria revista "Sur"


No sé, a la hora en que escribo, si conoce ya su nombre. Fue escogido por teléfono, a través del Océano. Por lo visto todo el Atlántico se necesitaba para este bautismo…

Teníamos varios nombres en la cabeza, pero no lográbamos ponernos de acuerdo.

Entonces llamé por teléfono a Ortega, en España. Esas gentes tienen costumbre de bautizarnos… Así, Ortega no vaciló y, entre los nombres enumerados, sintió enseguida una preferencia: SUR me gritaba desde Madrid.

Volví con ese nombre de mi pesca telefónica y lo clavamos con una flecha en la tapa de la revista.

Ahora la revista está en prensa.


VICTORIA OCAMPO, fragmento de Carta a Waldo Frank, Sur, Nº 1. Año 1, Verano 1931, Buenos Aires, págs. 14 y 15.

Elizabeth Bishop descubre la cortisona


Bishop solía sentirse culpable por su modesta producción (apenas publicó un centenar de poemas a lo largo de su vida), y deseaba haber escrito más. Hubo un corto periodo de tiempo durante los cincuenta en que intentó acelerar el proceso creativo con estimulantes. Por aquel entonces ya se había marchado de Estados Unidos para irse a vivir a Brasil junto a su amante, la arquitecta Lota de Macedo Soares. Pero al instalarse en su nueva casa descubrió que su asma crónica había empeorado significativamente. Para paliarla, Bishop empezó a tomar cortisona, y descubrió unos efectos secundarios del fármaco que podían ser potencialmente beneficiosos para una escritora; producía insomnio mezclado con una especie de euforia creativa, una combinación que consideró que podría resultarle muy útil para seguir escribiendo los poemas y los relatos en los que estaba trabajando en ese momento. "Empezar a tomarla es absolutamente fantástico", aseguró Bishop al poeta Robert Lowell, su amigo íntimo y confidente. 
Puedes pasarte la noche entera escribiendo y al día siguiente sentirte estupendamente. Gracias a la cortisona, en tan solo una semana he conseguido escribir dos relatos. Cuando pasa el efecto no te sientes muy mal si sigues todas las recomendaciones, pero una vez no lo hice y estuve llorando durante un día entero sin motivo alguno. Ahora, espero que me ayude a terminar este poema imposible para H. Mifflin [su editor]... [...]. Pruébala algún día. Me parece que puede ir bien para todo.
Pero la euforia duró más bien poco, ya que Bishop enseguida empezó a preocuparse por los efectos que el fármaco estaba ocasionando en sus emociones y dejó de tomarlo. Parece ser que con el tiempo acabó aceptando su ritmo de trabajo paulatino e intermitente. Le gustaba citar a Paul Valéry: "Un poema nunca se acaba, solo se abandona".


MASON CURREY, Rituales cotidianos: las artistas en acción, Turner Publicaciones, Madrid, 2019, traducción de Marta de Bru de Sala.

Un estudio llamado "efecto Sylvia Plath" afirma que la poesía atrae a mujeres propensas a la autodestrucción


Escribir poesía es perjudicial para la salud. Es al menos lo que se desprende de The cost of the muse: Poets die young, un estudio científico realizado por el profesor James Kaufman del Instituto de Investigación del Aprendizaje de la Universidad Estatal de California, en San Bernardino. Según el informe, publicado en el oscuro periódico Death Studies, los poetas mueren antes que los novelistas, los dramaturgos y los escritores de no-ficción. El doctor Kaufman llegó a esta conclusión luego de haber analizado el caso de 1987 escritores célebres muertos, oriundos de Norteamérica (incluyendo México y Canadá), China, Turquía y Europa de Este. Tras procesar varios diccionarios biográficos, halló el siguiente resultado: los poetas vivieron un promedio de 62,2 años, los dramaturgos estiraron hasta los 63,4; los novelistas por su parte llegaron a soplar 66 velitas, mientras que los más longevos resultaron los autores de no ficción, con 67,9 primaveras. “La imagen del poeta como una figura clásica, condenada a morir tempranamente, puede ser avalada por los hechos”, resume Kaufman. Y no son John Keats, fallecido a los 26 años, Lord Byron a los 36 o Rimbaud a los 37 entre tantos otros quienes van a desmentirlo.

A la hora de buscar una explicación a esta tendencia a vivir rápido y entregar un cadáver joven, Kaufman explica: “La poesía puede atraer a gente propensa a la autodestrucción. La poesía tiende a ser más introspectiva, expresiva y emotiva que la ficción y la no-ficción. Estar en un campo subjetivo y emotivo se asocia con la inestabilidad mental”. Y agrega: “Si uno rumia mucho, es más probable que se deprima, y los poetas se la pasan rumiando”. Este comportamiento se vería agravado por la soledad de su trabajo, un aislamiento que no comparten los dramaturgos, ensayistas o biógrafos, que necesitan interactuar con otros individuos que participan de su labor, rompiendo así el cerco del autoconfinamiento. Para el psicólogo, a esta razón hay que sumarle la “naturaleza mística de los poetas”, quienes creen muchas veces que su trabajo es el resultado del dictado de “una musa, una inspiración divina”. Por este motivo, quienes escriben versos atribuyen erróneamente sus poemas a una entidad externa, y no disfrutan del “crédito” de lo que han obtenido. Esto se traduciría en un “aumento del riesgo de depresión y de otros desórdenes emocionales”, principalmente “entre las mujeres con poca autoestima”.

Si el oficio de escribir es violento con los bardos, parece ensañarse particularmente cuando son de sexo femenino. En un trabajo anterior, The Sylvia Plath Effect: Mental illness in Eminent Creative Writers, James Kaufman había analizado el caso de 1629 escritores con signos de enfermedad mental. Esta vez concluía: “Se encontró que las poetas tenían una mayor propensión a sufrir enfermedades mentales que las escritoras de ficción o un escritor de cualquier tipo”. Un segundo estudio incluyó artistas visuales, actrices y políticas, con idéntico resultado. “Es lo que he llamado el efecto Sylvia Plath”, recuerda Kaufman, quien también podría haber bautizado el fenómeno “Alfonsina Storni” o “Alejandra Pizarnik”. Marcada por el suicidio del padre, cuando ella tenía tan sólo 8 años, la norteamericana Sylvia Plath se volcó tempranamente a la poesía, persiguiendo con obsesión la perfección del estilo. A los treinta años, luego de varias tentativas, escribió sus últimos versos y se suicidó.

Ante estas observaciones, James Kaufman se place en verificar el cliché del poeta maldito, que carbura con ajenjo, opio y sustancias varias hasta consumirse en un destello fulgurante. Admite como al pasar que otro factor que explica que los poetas figuren como muriendo más jóvenes, “es la notoriedad alcanzada a temprana edad, ya que producen a los veinte años el doble de obra que los novelistas”. Contrariamente al poeta, un novelista que desaparece a los 30 difícilmente deje en este mundo su obra magna, y por eso no aparece en las estadísticas.

En todo caso, Kaufman parece preocupado por la escasez de estudios empíricos sobre este asunto. Insta a “ayudar a las jóvenes poetas en peligro para que controlen a su musa en vez de ser tragadas por ellas”, antes de hacer un llamado cívico a los psicólogos para salvar a esta especie de rápida extinción. Nada dice James Kaufman sobre cómo podría afectar esta terapia a la calidad de la poesía.


ALEJO CHAPIRE, La sociedad de los poetas muertos, Página/12, 27 de junio de 2004. Todo el artículo AQUÍ.

Parecidos y diferencias entre Djuna Barnes y Virginia Woolf


Virginia Woolf, en su infancia y adolescencia, fue víctima del deseo sexual de sus hermanastros. Aquello también la marcó profundamente y quizá fue el origen de una cierta frigidez, frente a la libido exaltada de Djuna, y de un matrimonio casi blanco, sin hijos, y su amistad especialmente íntima con algunas mujeres.

Djuna Barnes fue bisexual. Es difícil componer su larga lista de amantes, la mayoría hombres, y aunque se la tildó de homosexual, Djuna repitió hasta la saciedad que "nunca fui lesbiana, sólo amé a Thelma Wood". Se refería a una escultora de Missouri con la que mantuvo una larga, apasionada y tormentosa relación y a la que conoció cuando ya una veintena de hombres, o quizá más, habían sido sus amantes. Trasunto de Wood es Robin Vote, personaje de su casi legendaria novela El bosque de la noche. A Thelma está dedicada también Ryder, esa "obscena y burlona crónica isabelina de la familia Barnes".

Djuna tenía a la abuela Zadel como sustituto de la madre, que inclinó su afecto a los hijos varones; Virginia perdió tempranamente a la suya y la fue buscando en el amor de su hermana Vanessa, de Violet Dickinson, Vita Sackville-West, Ethel Smith... También se ha hablado y escrito mucho del lesbianismo de Virginia. Tal vez, parafraseando a Djuna Barnes, hubiera podido haber dicho: "Nunca fui lesbiana, sólo amé a Vita Sackville-West".

La inestabilidad mental, siempre me he resistido a llamarla locura, mejor acaso sus profundas depresiones, más intensas en la Woolf que en Djuna Barnes, podría ser otro punto de contacto entre estas dos escritoras a las que también tanto separaba: el alcoholismo de Djuna, su pobreza constante, exceptuando alguna etapa de esplendor económico, su belleza distinta...

Desde muy joven, la depresión fue casi el permanente estado de ánimo de Djuna que, al igual que Virginia, protagonizó varios intentos de suicidio. Sabido es que esta última acabó con su vida sumergiéndose en las aguas del río Ouse, cercano a su casa de Rodmell, con los bolsillos llenos de piedras, tomando todas las precauciones para no fallar una vez más. Djuna Barnes utilizaba toda clase de pastillas que tenía a mano, y "resucitó" más de una vez, y se alegró de volver a la vida. Una vida que afortunadamente fue larga, pues murió, como hemos dicho, a los noventa años.


ANA MARÍA NAVALES, Mujeres de palabra, SIAL, Madrid, 2006, págs. 97 y 98.

Simone de Beauvoir: "Mis apetitos eran mayores de lo que yo hubiera querido"


La extravagante y turbia alianza entre Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir duró cincuenta y un años. Ambos disfrutaron de diferentes amantes, generalmente jóvenes discípulas que acostumbraban a compartir. Se trataban entre ellos de usted y nunca llegaron a vivir juntos. A menudo elegían cuartos contiguos en los hoteles o vivían en apartamentos separados dentro del mismo barrio parisino. No se sabe claramente cómo Sartre llegó a engatusarla y mantener su dominio durante tanto tiempo; su control sobre ella era fundamentalmente de carácter intelectual. Según Paul Johnson, Sartre pensaba en las mujeres en términos de victoria y ocupación. En los últimos años han visto la luz cartas y otros papeles íntimos que revelan nuevos y sorprendentes matices de la personalidad de ambos. La correspondencia entre la feminista Simone y el padre del existencialismo, que el propio Sartre quería ver publicada después de su muerte, nos muestra una imagen del autor de El ser y la nada no excesivamente favorecedera, por no decir bastante ruin. También la guapa e inteligente Simone resulta ser una mujer mucho más vulnerable y frágil de lo que permitía intuir su ideología feminista y su aspecto de mujerona fría y voluntariosa. Sin embargo, desde joven supo que "mis apetitos físicos eran mayores de lo que yo hubiera querido" y descubrió entonces que, ante la llamada del cuerpo, cualquier hombre serviría, lo que parece turbador. Pasión y cabeza se enfrentaban. Fue esta lucha, según escribe Appignanesi, lo que "la condujo a sus tempranas relaciones homosexuales, a menudo durante las ausencias de Sartre".

Simone era una mujer altiva, y se consideraba superior a casi todo el mundo menos a Sartre. Su talón de Aquiles fue, única y exclusivamente, "su querido pequeño" Sartre. De hecho, no tuvo ningún reparo en sacrificar su amor transatlántico y maduro con el escritor norteamericano Nelson Algreen cuando Sartre le pidió que regresara a Francia para ayudarle a corregir un manuscrito. Simone, sin pensarlo dos veces, acudió a la llamada de su amado amo, dejando atónito y compungido a Algreen. El escritor norteamericano fue una de sus muchas víctimas; murió a los setenta y dos años debido al sofocón que le produjo el impudor y el mal uso que Simone había dado a su relación, publicándola en sus memorias y convirtiéndola en novela en Los mandarines, obra que obtuvo el Premio Goncourt.


PAULA IZQUIERDO, Sexoadictas o amantes, Belacqva, Barcelona, 2007, págs. 132 y 133.


Djuna Barnes se maquillaba para escribir


En su biografía sobre Djuna Barnes, La formidable Djuna Barnes, Andrew Field relata un episodio acaecido en 1937 en que la escritora estadounidense, residente en Londres, se esfumó durante una larga temporada sin dejar rastro ni responder a las llamadas. Preocupados por su ausencia y su salud, una noche dos amigos de la autora treparon a gatas con dificultad por los tejados del edificio del número sesenta de Old Church Street donde ella residía, con el fin de asomarse a la claraboya y asegurarse de que al menos seguía con vida. A través de los cristales, espiaron a Djuna Barnes en la intimidad de su apartamento, y comprobaron con alivio que ella se encontraba allí, sana y salva.

La vieron en su cuarto, maquilladísima, envuelta en un salto de cama, con una botella de ginebra en la mano, dirigiéndose al dormitorio. Los dos hombres procedieron a retirarse discretamente al suponer una cita amorosa, cuando se quedaron atónitos al ver que la escritora se metía sola en la cama rodeada de papeles manuscritos y se ponía a escribir. Dicho con otras palabras: sorprendieron a Djuna Barnes en el momento de acostarse con la Literatura.

Es una imagen poderosa, porque, ¿cabe imaginar mejor amante?


ELOY TIZÓN, Herido leve, Páginas de Espuma, Madrid, 2019, págs. 39 y 40.

Wislawa Szymborska recibe un aluvión de protestas en la revista que dirigía por autorizar la publicación de un poema titulado "Vaca"


El redactor del Correo Literario tenía que permanecer anónimo para los autores que le enviaban epigramas, aforismos, dramas, relatos, novelas, sonetos y poemas. Hubo incluso amenazas, preguntas “¿Por qué no lo publicáis?” y “¿Por qué tipo de criterios se rige el redactor?” y afirmaciones de que a la novia, la mujer, el amigo sí que le había gustado. Szymborska contestaba de manera cordial, pero también con severidad. Explicaba que la obligación de la familia es alabar y animar (“sobre todo, a los primos ha de gustarles todo”). Recordaba que “más obras maestras nacieron gracias a amigos escépticos que entusiastas” y que “la muchacha capaz de espetar en la cara del adorado que compone rimas simplonas es un verdadero tesoro”.

Una vez, en la columna de debutantes, Szymborska publicó el poema titulado “Vaca”, lo que provocó un aluvión de protestas. En el Correo Literario contestó que por lo visto el poema “había afectado a la jerarquía estética de las emociones del lector. Según dicha jerarquía, en la poesía es propio un ruiseñor, adecuada una mariposa e idónea una doncella de tez blanca junto a un lago. Una vaca, en cambio, aun siendo obra de la misma naturaleza, una obra maestra que supera cualquier competencia, sólo se tolera en un libro de contabilidad de una cooperativa agraria con el título de “cabezas de ganado”. Qué retroceso del gusto frente a los antiguos griegos, que adoraban a Hera con el apodo de “ojos de vaca”.


ANNA BIKONT y JOANNA SZCZĘSNA, Trastos, recuerdos, Pre-Textos, Valencia, 2015, traducción de Elzbieta Bortkiewicz y Ester Quirós, págs. 224 y 225.

Louisa May Alcott, que odiaba a los niños, escribe "Mujercitas" por encargo de su editor


En un viaje a Boston intentó vender algunos de sus primeros relatos. "Siga dedicándose a la enseñanza: no sabe escribir", le dijo el eminente librero James Fields cuando le entregó un manuscrito. Imperturbable, siguió adquiriendo oficio. Con el tiempo, la escritura se convirtió en la principal fuente de ingresos de su familia. Se forró componiendo apasionadas y fogosas novelas con seudónimos como A. M. Barnard, Aunt Weedy, Flora Fairfield, Orantly Bluggage o Minerva Moody. De hecho, su verdadero nombre no habría pasado a la historia si en 1868 su editor no le hubiera pedido que escribiera una historia para jovencitas. Sólo había un problema: detestaba a los niños. En su diario anotó lo siguiente: "Esto no me gusta nada. Nunca me han gustado las niñas. Tampoco he conocido a muchas, salvo a mis hermanas. Y tal vez nuestros extraños juegos y vivencias resulten interesantes, pero no estoy segura". Más adelante desdeñaría su obra de juventud al decir que era pura "papilla moral para críos". 

Escribió Mujercitas en sólo tres meses. Cosechó un éxito inmediato y se convirtió en una celebridad literaria. Aun así, seguía siendo una soltera inquietantemente dependiente de su familia, pese a que ahora ésta no padecía penurias. Era también una metomentodo; encabezó la campaña para prohibir Las aventuras de Huckleberry Finn, de Mark Twain, en Massachusetts. Este tipo de demagogia hizo que el historiador literario Odell Shepherd dijera que había conservado hasta los cincuenta y seis años ideas propias de las chicas de quince. 


ROBERT SCHNAKENBERG, Vidas secretas de grandes escritores, Editorial Océano, Barcelona, 2012, traducción de Francisco López Martín, págs. 94 y 95.

Lo real y lo fingido en la obra de Anne Sexton


A la poeta le encantaba fantasear e inventarse historias dentro de sus poemas (la falsa muerte de su padre, la existencia de un hermano inexistente, un hijo ilegítimo que nunca existió, un accidente en un brazo...), todo ello detallado tan notablemente que mucha gente creía que era verdad. En muchas ocasiones los hechos mostrados surgían por completo de la imaginación del poeta. En otros casos, un incidente en la vida de la poeta se convertía, en sus hábiles manos, en una dramatización imaginativa y ficticia de la supuesta vida de la artista. Anne explicó que "...es necesario distorsionar los hechos literales de la vida para presentar la verdad emocional que subyace en ellos. El poeta no tiene por qué incluir todo para contar la verdad. Se puede mentir. Podemos confesarnos y mentir para siempre..." En una conferencia para la Sociedad de Libros de Poesía dijo en una línea similar: "Todos los poetas mienten. Como dije una vez en un poema, un escritor es alguien que con unos muebles hace un árbol".


JULIO MÁS, en la introducción a Vive o muere, ANNE SEXTON, Vitrubio, Madrid, 2008, págs. 39 y 40.

Toni Morrison aclara su frase de que Bill Clinton había sido el primer presidente negro de la historia


XAVI AYÉN: Usted dijo una vez que Bill Clinton había sido el primer presidente negro de la historia. 
TONI MORRISON: Mucha gente malinterpretó esa frase mía. La dije cuando Clinton era crucificado no por su labor al frente del país, sino por un presunto escándalo sexual con una becaria de la Casa Blanca. Dije que lo estaban tratando como a un negro en la calle, que lo consideraban culpable porque sí, de un modo irracional. Se decía: es malo porque ha hecho esto. Y yo me preguntaba: ¿y qué que lo haya hecho?, ¿tiene que ser una infidelidad conyugal un tema de debate nacional?

XAVI AYÉN: Obama es un fan de "La canción de Salomón", ¿no?
TONI MORRISON: ¡Sí! Me estuvo hablando de ese libro mío y de lo mucho que le había afectado. ¿Ha leído sus memorias? Es un buen escritor, cosa que pocos políticos son porque no suelen leer nunca literatura. Es ameno, tiene ritmo, utiliza metáforas profundas, introduce diálogos...


TONI MORRISON, entrevistada por Xavi Ayén en el campus de la Universidad de Princeton en abril de 2009, recogido en La vuelta al mundo en 80 autores, La Vanguardia Ediciones, Barcelona, 2016, págs. 128 y 129.

Polémica en Chile tras descubrirse que Gabriela Mistral era lesbiana


La parte más reaccionaria de la sociedad chilena, la que aún pasea con orgullo por la céntrica avenida 11 de Septiembre, en Santiago, bautizada de ese modo para conmemorar la fecha en que los militares golpistas derrocaron a Salvador Allende, se hace cruces ante la polémica que ha propiciado la aparición del libro Niña errante. Cartas a Doris Dana, en las que quedan claras las preferencias sexuales de la autora de Desolación. Hace poco, el semanario The Clinic incluyó en su portada una foto a toda plana de Gabriela Mistral y este titular irónico: "¡Era lesbiana! ¿Qué hacemos?". Y no parece que ése vaya a ser el último episodio que obligue a replantear su biografía, porque se sabe que la parte inédita de su poesía, que también estaba en poder de su novia y albacea norteamericana, fallecida en el año 2006 en Florida, duplica la publicada y es muy explícita en sus contenidos.

La correspondencia reunida en Niña errante, que ha salido en Chile en el sello Lumen, se lee como si fuera una novela que cuenta la hermosa historia de amor de estas dos mujeres, que se conocieron en Nueva York tras una conferencia que dictó allí Mistral, al año siguiente de haber sido galardonada por la Academia Sueca, y que compartieron parte de sus vidas en equilibrio entre el amor, el deseo, los celos y la distancia, esto ultimo porque la joven Dana, que también escribía poesía, aunque de forma esporádica, tenía que pasar gran parte de su tiempo en Estados Unidos, lo cual desesperaba a su famosa amante, quien al final consiguió que el Gobierno de su país la nombrase cónsul en Nueva York, para poder estar juntas.

(...) La poeta ayudaba económicamente a su compañera, y parte del epistolario lo ocupan los cheques que le anuncia Mistral que va a mandar o la oferta de que se quede con la renta que produce una casa que tiene alquilada en Monrovia. Pero, sobre todo, Niña errante demuestra la desesperación de un amor acosado por las separaciones. "Tengo ganas de morirme, porque dudo de que vuelvas", le escribe Mistral a Doris Dana; y hacia el final del libro, cuando demasiados asuntos domésticos rodeaban ya su paraíso, le da instrucciones para que cuide sus cuentas, y le dice: "Te encargo que tú veles porque yo tenga siempre en caja el valor de lo que cuesta un entierro en tu país. No quiero cargarte a ti con ese gasto grande".

Gabriela Mistral murió en Nueva York, en febrero de 1957. Su novia la sobrevivió cincuenta años, y custodió su legado hasta su fallecimiento. Sólo entonces su sobrina donó al Gobierno chileno los cuarenta mil documentos que forman el legado inédito de la autora de Lagar, en el cual estaban incluidas estas cartas.


BENJAMÍN PRADO, Gabriela era lesbiana: ¿qué hacemos?, El País, 19 de septiembre de 2009. Todo el artículo AQUÍ

Avalancha de críticas contra Hannah Arendt tras la publicación de "La banalidad del mal"


El rostro de su amigo Hans Jonas, tras leer el manuscrito, no deja lugar a dudas:

—Hannah, ¿te has vuelto loca? —él agita las hojas, aún en sus manos—, tú también eres judía, ¿te das cuenta de lo que has escrito? ¿Cómo puedes subtitularlo "La banalidad del mal" e insistir en ello al referirte a un asesino como Eichmann? ¿No ves que al hacerlo banalizas también tú sus crímenes?

—En absoluto. El informe trata, todo él, precisamente de esto. Eichmann personifica perfectamente al burócrata incapaz de pensar, el que ejecuta las órdenes que recibe de sus superiores sin plantearse absolutamente nada, ni las consecuencias, ni las implicaciones, ni nada. Créeme, porque lo he tenido delante y he podido observarlo, escucharlo y analizarlo durante varias semanas.

—Estás hablando de unas órdenes que eran, ni más ni menos, transportar a la cámara de gas a miles de personas inocentes, niños, ancianos... Era un teniente coronel, ¿te parece disculpable obedecer este tipo de órdenes?

—Por supuesto que no. Dime tú en qué pasaje de lo que acabas de leer lo disculpo. ¡Claro que no! Pero este es mi informe, y yo tengo que plasmar en él lo que he visto. Y lo que he visto es a alguien que carece de inteligencia, que carece de la capacidad de elaborar un pensamiento mínimamente complejo. No es Maquiavelo, no es Satán, no tiene la altura intelectual de los que tienen la maldad como objetivo de sus vidas. Él hubiera obedecido con la misma precisión cualquier otra orden, la más nimia e inofensiva.

—Pertenecía al núcleo duro del nazismo, Hannah, por el amor de Dios, a las SS. ¿Me estás hablando de inocencia por su parte?

—En ningún momento hablo de inocencia. Lo que digo no tiene nada que ver con la inocencia.

—Si pones el énfasis sobre el hecho de que se limitaba a obedecer órdenes, parece que en cierto modo lo eximas de responsabilidad.

—Era responsable de sus actos, no era inocente. ¡Claro que no! ¡Y claro que tiene que pagar por lo que hizo! Como todos los que participaron en intentar exterminarnos a los judíos, pero eso no quita que aquí yo haya visto algo que parece digno de análisis. Y es lo banal... sí, no te vuelvas a horrorizar: lo banal que puede llegar a ser el ejercicio del mal. ¿En qué parte del informe niego que lo que hizo Eichmann estaba mal...? Pero ya me conoces. Sabes la importancia que le he dado toda mi vida al concepto de "comprender". Y eso es lo que hago en este informe: intento comprender, no disculpar. Son dos conceptos diferentes.


EUGENIA TUSQUETS / SUSANA FROUCHTMANN, La pasión de ser mujer, Circe, Barcelona, 2015, págs. 227-229.

Las hermabas Brontë eran cinco y tenían además un hermano


Aunque las hermanas Brontë son siempre tres para la historia, en realidad fueron cinco, a las que se olvida añadir con demasiada frecuencia al hermano Branwell, no por calamitoso y alcohólico menos importante en la vida de la más célebre. Las dos hermanas con las que nunca se cuenta se llamaban Maria y Elizabeth, y murieron aún niñas una tras otra a causa de la tuberculosis. En un episodio más bien dickensiano, fueron maltratadas por sus profesoras poco antes del desenlace, obligadas a levantarse de la cama, castigadas e insultadas estando ya enfermas. La posteridad ha hecho a Emily un extraño reproche: que, siendo la niña mimada de todo el colegio, no intercediera por las víctimas, sino que guardara silencio ante la injusticia. El reproche es particularmente antojadizo porque la autora de Cumbres borrascosas no tenía ni seis años, cinco y cuatro menos, respectivamente, que sus dos vejadas hermanas. Detrás de ellas venía Charlotte y luego Branwell, y a continuación de Emily, Anne, la más pequeña, novelistas todas las supervivientes, Branwell sólo poeta frustrado. La madre había muerto cuando Emily Brontë tenía tres años y todas se educaron con un padre de origen irlandés, no reñido con las letras ya que escribía sermones. Otros miembros menos piadosos de la familia las iniciaron en la tradición oral, con la habitual preferencia por las historias de fantasmas y demonios y duendes de los cuentistas de Irlanda. Sin duda ahí estableció contacto Emily por vez primera con lo sobrenatural, que sobrevuela desde la primera hasta la última página de su única novela.


JAVIER MARÍAS, Vidas escritas, Suma de Letras SL, Madrid, 2002, págs. 317 y 318.

Karen Blixen hace un pacto con el diablo


Al final de su vida, Blixen afirmó que subsistía a base de una dieta de ostras y champán, pero tal y como escribió Thurman, eran las anfetaminas las que "le proporcionaban toda la energía que necesitaba y hacia el final de su vida las empezó a tomar de manera temeraria, cada vez que necesitaba fuerzas para algún evento importante". Esa costumbre acabó acelerando la muerte de Blixen, pero ella estaba determinada a vivir lo más plenamente posible y a transformar sus vivencias en escritos hasta el fin de sus días. Una vez le dijo a una amiga: "Prometí mi alma al Demonio y a cambio él me prometió que cuanto iba a experimentar a partir de entonces se convertiría en cuentos".


MASON CURREY, Rituales cotidianos: las artistas en acción, Turner Publicaciones, Madrid, 2019, traducción de Marta de Bru de Sala.

Las extraordinarias dotes como recitadora de Alfonsina Storni


Las reuniones en el Tortoni no eran meros encuentros de camaradería. A veces se parecían más a una encendida reunión de consorcio. Por eso, cuando se agitaban los ánimos, Quinquela le hacía una seña a Alfonsina para que pasara al frente y, apoyada en el piano de cola Steinway que era utilizado como atril, recitara poesías para calmar a los iracundos. Hay que tener en cuenta dos cualidades de la poetisa. Sus contemporáneos dijeron que nadie recitaba tan bien como ella. Esto se debía, seguramente, a sus magníficas dotes actorales, apenas plasmadas en los escenarios durante su juventud. Por otra parte, Alfonsina era una celebrada cantante de tangos. Entre sus preferidos se destacaban “Mano a mano” (“Rechiflao en mi tristeza hoy te evoco y veo que has sido en mi pobre vida paria sólo una buena mujer...”) y, más adelante, “Yira, yira” (“Cuando la suerte, que es grela, fayando y fayando te largue parao...”).


DANIEL BALMACEDA, Romances argentinos de escritores turbulentos, Sudamericana, Buenos Aires, 2013.

Ninon de Lenclos dona dinero para que pueda comprarse libros el inteligentísimo hijo de su notario, de doce años, que llegará a ser Voltaire


Ninon de Lenclos vivió mucho, en todos los sentidos. Murió a los ochenta y cuatro años, en 1705, tratada y respetada como una auténtica leyenda viva del mundo intelectual y social parisino. Su final fue consecuente con su filosofía. Otras damas que habían llevado vidas sentimentalmente agitadas solían arrojarse a los brazos de la devoción cuando les llegaba la vejez. Ella, en cambio, jamás renegó de lo que había sido. Mantuvo intacto su espíritu fresco y alegre hasta el final, y siguió defendiendo aquella manera de pensar que la había sostenido en los buenos tiempos y lo hizo también en los malos: ni la desaparición de muchos de sus grandes amigos, ni la vejez ni la proximidad de su propia muerte hicieron flaquear ni un momento su ateísmo y su celebración de los sentidos y el placer.

Un pequeño gesto final parece completar sorprendentemente su vida: en su testamento, Ninon le dejó una cierta cantidad de dinero al hijo de doce años de su notario para que se comprase libros, fascinada por su inteligencia. El niño se llamaba François-Marie Arouet, y sería conocido como Voltaire.


ÁNGELES CASO, Quiero escribirte esta noche una carta de amor: la correspondencia pasional de quince grandes escritoras y sus historias, Lumen, Barcelona, 2019.

La fascinación que Susan Sontag causaba en los demás cuando era estudiante universitaria


De familia judía, empezó a ejercer su fascinación al iniciar sus estudios en la Universidad de Chicago, recién cumplidos los diecisiete años. En ese entorno destacó enseguida, tanto por su brillante inteligencia como por su aspecto:
Susan destacaba. Cierto observador de la Sontag de la época evoca la larga cabellera oscura que enmarcaba el ovalado semblante de una figura que se deslizaba en silencio, que rara vez hablaba y que exudaba un cierto aire de misterio. Otro contemporáneo, también de Chicago, describe un cuerpo flexible y unos cabellos largos, oscuros y hermosos. Ya en un plano más mundano, un antiguo compañero la recordaba como una joven de aspecto imponente que vestía exactamente el mismo atuendo en todas las clases: unos vaqueros azules y una camisa a cuadros.
Allí conoce a Philip Rieff, profesor de la universidad y diez años mayor que ella que quedó absolutamente deslumbrado por la presencia de su joven alumna en las clases:
Aquel día de diciembre de 1950, Sontag llegó tarde a la clase de Rieff. Tuvo que atravesar el aula para llegar al único sitio libre: una entrada espectacular para una persona de espectacular aspecto. Al concluir la clase fue la última en marcharse. En el momento en que salía, la asió por el brazo y le preguntó su nombre. "¿Querría comer conmigo?", insistió él. Susan aceptó y se casaron diez días después de conocerse.


VIS MOLINA, Seductoras: vidas y logros, Península, Barcelona, 2009, pág. 88.