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Paglia sobre Dickinson


INCLUSO LOS mejores estudios críticos minusvaloran a Emily Dickinson. Emily Dickinson da miedo. Llegar a ella directamente desde Dante, Spenser, Blake y Baudelaire es ver de una forma obvia y flagrante su sadomasoquismo. Los pájaros, las abejas y las manos amputadas constituyen el mareante material de su poesía. Dickinson se asemeja a esos homosexuales que se visten de cuero negro y se adornan con cadenas para dar una visibilidad agresiva a la idea de masculinidad. En su oculta vida interior, esta tímida soltera victoriana era un genio masculino y un sádico visionario, una "persona del sexo" ficticia con una fuerza monumental. Emily Dickinson y Walt Whitman, aparentemente tan distintos, son, en realidad, dos confederados tardorrománticos de la Unión. Los dos son hermafroditas que se rigen por una ley propia y que no quieren ni pueden aparearse. Los dos son voyeurs homosexuales dispuestos a una inclusión sexual total. Los dos son perversos caníbales de la identidad del otro: Whitman en su voraz autosucción y en las invasiones de los aposentos de los durmientes y enfermos; Dickinson en sus pésames rituales y su sensual conocimiento de la muerte. Voyeurismo, vampirismo, necrofilia, lesbianismo, sadomasoquismo, surrealismo sexual: la Madame de sade de Amherst sigue esperando a que sus lectores la conozcan. 


CAMILLE PAGLIA, fragmento de La Madame de Sade de Amherst incluido en Sexual personae, Valdemar, 2006, traducción de Pilar Vázquez Álvarez, págs. 979 y 980.


Aldrich sobre Dickinson


Es evidente que la señorita Dickinson poseía una imaginación extremadamente no convencional y grotesca. Ella estaba profundamente influenciada por el misticismo de Blake y el manierismo de Emerson. Pero la incoherencia y la falta de forma de sus versos es fatal... Una excéntrica, soñadora reclusa, medio educada en un pueblo perdido de Nueva Inglaterra, no puede impunemente desafiar las leyes de la gravitación y de la gramática.


THOMAS BAILEY ALDRICH, palabras recogidas en una revista de la época publicadas en el prólogo de Enrique Goicolea a Poesía completa, Emily Dickinson, Amargord Ediciones, Madrid, 2012, traducción de Enrique Goicolea, pág. 14.

Ordine sobre Dickinson


There is no Frigate like a Book
To take us Lands away
Nor any Coursers like a Page
Of prancing Poetry –
This Travel may the poorest take
Without oppress of Toll –
How frugal is the Chariot
That bears the Human Soul.
•
No hay fragata como un Libro
Para llevarnos por esos Mundos
Ni Corceles como una Página
De encabritada Poesía —
Esta Travesía la puede realizar el más pobre
Sin la presión del Peaje —
Qué frugal es la Carroza
Que transporta al Alma Humana.

EL VIAJE MÁS BELLO ES LA LECTURA

Emily Dickinson está en lo cierto: no existe mejor medio para viajar que la literatura. Un libro puede conducirnos a lugares más remotos que cualquier bajel («No hay fragata como un Libro | Para llevarnos por esos Mundos»), del mismo modo que un poema puede hacernos marchar al galope mejor que un caballo de carreras («Ni Corceles como una Página | De encabritada Poesía»). Se trata, en cualquier caso, de viajes que no requieren dinero: a quien desea partir no le es preciso pagar un billete («Esta Travesía la puede realizar el más pobre | Sin la presión del Peaje»). Un libro es una «carroza frugal», simple, austera. Y el alma humana, que no se interesa por la comodidad del vehículo, sino por la aventura del viaje en sí, no dudará en dejarse transportar. En la poesía de Dickinson, sin embargo, el viaje provocado por la lectura no es el único que está en juego. Hay también el viaje que encarna la experiencia misma de la escritura. Y 1775 fragmentos—que componen la obra completa de la poeta estadounidense y que sólo vieron la luz, tras años de existencia manuscrita, con la edición de Thomas H. Johnson publicada en 1955—representan esta necesidad de impulsarse más allá de cualquier confín para explorar los meandros más oscuros y remotos del alma. Precisamente ella—que, en el momento más vivo de su creatividad, entre 1860 y 1865, se recluye en la casa paterna sin traspasar el jardín (en «Dulces montañas, vosotras no me mentís» [«Sweet Mountains — Ye tell Me no lie», 722] se autodefine como la «Monja Rebelde» [«The Wayword Nun»])—hace de sus versos los más eficaces corceles para viajar, sin peaje alguno, por su rico mundo interior y para ver lo que nunca ha visto («Yo nunca vi un Páramo — | Yo nunca vi el Mar — | Pero sé cómo es el Brezo | y qué es una gran Ola», 1052). Sólo la poesía, «una Casa más bella que la Prosa» que tiene «por Techo Eterno | Los Tejados del Cielo», permite a su múltiple «yo» recorrer los espacios infinitos para perderse y reencontrarse («Mi Trabajo — es Éste», 657). Pero también la poesía, como «carta al mundo», está destinada a realizar un viaje: aquel que, en el curso del tiempo, le permitirá dar alcance a sus ignotos destinatarios.


NUCCIO ORDINE, "Emily Dickinson: Ninguna fragata", recogido en Los hombres nunca son islas, Acantilado, Barcelona, 2022, traducción de Jordi Bayod Brau, págs. 163-165.

Bloom sobre Dickinson


Deduzco que es mejor conocer nuestros propios límites si vamos a leer a esta formidable mujer y si vamos a tratar de entender su genio. ¿Qué otros escritores estadounidenses son tan eminentes? Yo diría que sólo tres: Emerson, Whitman y Henry James. Hay otros que se acercan bastante: Hawthorne, Melville, Mark Twain, Frost, Faulkner, Stevens, Eliot, Hart Crane. Ante la pregunta de la isla desierta y si sólo pudiese llevar a un estadounidense tendría que responder que Whitman, pero Emerson y Dickinson serían más que suficientes. Nadie debe ser tan tonto como para ser condescendiente con Dickinson o para ponerla a militar en las filas de una ideología o de un credo cualquiera. Hazlitt tenía razón cuando dijo que con Wordsworth uno se sentía empezando de cero, con una tabula rasa de poesía. Esto no es tan cierto en el caso de Dickinson, pero no está muy lejos. Y en lo que se refiere a su originalidad cognitiva supera a todos los poetas occidentales excepto a Shakespeare y a Blake. Piensa con más lucidez y siente con más plenitud que cualquiera de sus lectores y es muy consciente de su superioridad.


HAROLD BLOOM, Genios, Anagrama, Barcelona, 2005, traducción de Margarita Valencia Vargas, pág. 436.