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Susan Sontag tenía prohibido llamar "mamá" en público a su madre


Mildred tan solo tenía treinta y un años cuando se llevó a su familia a Tucson. Susan la retrata en diversas entrevistas como una mujer vanidosa, egocéntrica e ignorante de todo comportamiento maternal, a la que tan sólo le inquietaba envejecer y perder su atractivo físico. Mildred ordenó a Susan que no la llamara "madre" en público porque no quería que nadie supiera que era lo bastante mayor como para tener una hija. Susan, extrañada, se preguntaba a qué dedicaba su madre el tiempo ya que, incluso después de la muerte de Jack Rosenblatt, pasaba fuera de casa largos períodos durante los cuales dejaba a Susan y a Judith "aparcadas" en casa de otros parientes.

Es probable que Mildred sufriera depresiones durante la primera infancia de Susan. Los profundos cambios en el estilo de vida que la maternidad conlleva debían de resultar especialmente duros para la poco sedentaria Mildred, quien no sólo había perdido un marido sino también los ingresos procedentes de su negocio común y, con ellos, su empleo, su independencia y su posición. Todo ello se había visto sutituido por las insaciables demandas de dos niñas pequeñas. El alcohol le proporcionó un alivio temporal, sirviéndole de cojín amortiguador y tal vez incluso de exaltador de sus sentimientos, aunque la imagen que presenta Sontag es la de una madre flemática, siempre demasiado aturdida o indiferente como para leer las calificaciones de su hija -todo sobresalientes- o hacer comentario alguno al respecto. Se trata de una escena familiar que se repite en las vidas de muchos autores que, como la escritora Anne Rice, comenzaron a escribir de niños a la deprimente sombra de una madre alcohólica.


CARL ROLLYSON / LISA PADDOCK, Susan Sontag. La creación de un icono, Circe, Barcelona, 2002, traducción de Gian Castelli, pág. 15.

Berger sobre Sontag


Susan Sontag era una artista, y además una mujer solidaria; recuerda lo que hizo en Sarajevo; siempre tuvo interés por los demás. Su egocentrismo es el egocentrismo natural de los artistas. Sin ego, ¿qué hace un artista? Necesita el ego para caminar, para respirar. La literatura es el ego escrito.


JOHN BERGER, recogido por Juan Cruz Ruiz en Egos revueltos, Tusquets, Barcelona, 2010, pág. 394.

La fascinación que Susan Sontag causaba en los demás cuando era estudiante universitaria


De familia judía, empezó a ejercer su fascinación al iniciar sus estudios en la Universidad de Chicago, recién cumplidos los diecisiete años. En ese entorno destacó enseguida, tanto por su brillante inteligencia como por su aspecto:
Susan destacaba. Cierto observador de la Sontag de la época evoca la larga cabellera oscura que enmarcaba el ovalado semblante de una figura que se deslizaba en silencio, que rara vez hablaba y que exudaba un cierto aire de misterio. Otro contemporáneo, también de Chicago, describe un cuerpo flexible y unos cabellos largos, oscuros y hermosos. Ya en un plano más mundano, un antiguo compañero la recordaba como una joven de aspecto imponente que vestía exactamente el mismo atuendo en todas las clases: unos vaqueros azules y una camisa a cuadros.
Allí conoce a Philip Rieff, profesor de la universidad y diez años mayor que ella que quedó absolutamente deslumbrado por la presencia de su joven alumna en las clases:
Aquel día de diciembre de 1950, Sontag llegó tarde a la clase de Rieff. Tuvo que atravesar el aula para llegar al único sitio libre: una entrada espectacular para una persona de espectacular aspecto. Al concluir la clase fue la última en marcharse. En el momento en que salía, la asió por el brazo y le preguntó su nombre. "¿Querría comer conmigo?", insistió él. Susan aceptó y se casaron diez días después de conocerse.


VIS MOLINA, Seductoras: vidas y logros, Península, Barcelona, 2009, pág. 88.

Sontag sobre el "Diario" de Gide


10/9/48 [Escrito y fechado en la parte interior de la tapa del ejemplar de SS del segundo volumen del Diario de André Gide].

Terminé de leerlo a las 2.30 a.m. del mismo día que lo adquirí –

Debería haberlo leído mucho más despacio y tengo que releerlo muchas veces – ¡Gide y yo hemos alcanzado tal perfecta comunión intelectual que siento los mismos dolores de parto de cada idea que alumbra! Por lo tanto, no pienso: «Qué extraordinaria lucidez», sino: «¡Basta! ¡No puedo pensar tan deprisa! O más bien ¡no puedo crecer tan deprisa!».

Pues no solo estoy leyendo este libro, sino creándolo yo misma, y esta experiencia única y descomunal ha purgado mi mente de gran parte de la confusión y la esterilidad que la han atascado todos estos horribles meses –


SUSAN SONTAG, Renacida. Diarios tempranos 1947-1964, Mondadori, Barcelona, 2011, traducción de Aurelio Major.