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Peri Rossi sobre Borges


Siento un gran amor por la lengua española, con toda su diversidad; en España se dice grifo y en Uruguay canilla, y esto la enriquece enormemente. Me gusta cómo suena el castellano, me gusta cómo construye y estoy tan pegada a mi lengua que me resulta difícil hablar otra, aunque puedo leer algunas que no son la mía, siempre de origen latino.

Nunca entendí cómo Borges despreciaba el castellano y prefería el inglés; mejor dicho: lo entiendo desde el sentimiento de inferioridad de un colonizado. Borges quería ser inglés y escribió un castellano muy anglófilo, quizás por eso es un escritor al que considero sobreestimado. En cambio, Cervantes, o García Márquez gozan con el castellano y nos transmiten ese placer.


CRISTINA PERI ROSSI, entrevistada por Manel Haro para Anika Entre Libros, abril de 2007. Toda la entrevista AQUÍ.

Ortiz sobre Valdés


Debió de ser, en concreto, allá por el año 1985, año arriba año abajo, cuando me enteré de la existencia de Zoé Valdés. Formaba yo por entonces parte, junto con Claudio Rodríguez, Ana María Moix, José Batlló y Jesús Munárriz, del jurado de un premio de poesía. (Me apresuraré a aclarar que mi presencia junto a tan notables personalidades del mundo literario se debía, pura y exclusivamente, a que actuaba como representante de la Fundación que financiaba el premio.)

A las reuniones del jurado acudíamos todos tras habernos leído los libros que habían sido retenidos en una primera selección. Entre 30 y 40, más o menos.

Uno de los libros de poemas que seleccionamos inicialmente aquel año era un trabajo vital y descarado que, por más que no supiéramos de quién era obra –las identidades se mantenían en secreto, como es teórica costumbre–, todos coincidimos en que tenía que haber salido por fuerza de la pluma de una joven latinoamericana, probablemente cubana y previsiblemente castrista.

El libro pasó las primeras eliminatorias sin mayores problemas pero, cuando ya empezamos a hablar de premios, Claudio Rodríguez se cerró en banda: que la obra fuera graciosa y provocadora –recalcó– no quería decir que fuera buena. Él la consideraba mediocre. Los otros miembros del jurado no se mostraron tan tajantes, pero todos habían encontrado candidatos que les parecían más dignos del galardón. Sólo yo insistí en que estaría bien apoyar de algún modo a aquella incipiente autora.

No se llevó el premio pero, quizá para que dejara de darles la vara, se avinieron a que le concediéramos un accésit, con derecho a publicación.

Creo que fue lo primero que Zoé Valdés vio con su firma en las librerías.

Al cabo de unos meses la conocí. Nos encontramos una mañana de primavera en París, vimos una exposición y charlamos bastante. Era graciosa, efectivamente, pero su castrismo resultaba verdaderamente empalagoso. A mis críticas al régimen cubano me respondió de un modo casi caricaturesco: esas cosas que yo denunciaba ocurrían realmente, sí, pero la culpa no era de Fidel, sino de algunos de los que le rodeaban, que no estaban a la altura. Recuerdo que le dije que era lo mismo que muchos franquistas decían del glorioso Caudillo de España, y no le gustó nada.

Quedamos en volver a vernos, pero no hubo ocasión. Esa misma tarde se vio arrastrada a una cadena de conflictos privados muy graves. No los detallaré, por respeto a su intimidad, pero sí diré –me parece necesario tenerlo en cuenta para una más completa consideración de su evolución subsiguiente– que corrieron a cargo de su marido, alto cargo de la Embajada de La Habana en París y dirigente del Partido Comunista de Cuba (miembro del Comité Central, creo que me dijo).

Perdí su rastro y he aquí que, al cabo de diez años, me la topo convertida en musa de esa gente de Miami que una década antes ella misma llamaba «gusanos».

No intento insinuar que Zoé Valdés transitara del castrismo irracional al anticastrismo irracional por motivos exclusivamente privados. A decir verdad, no pretendo ni eso ni lo contrario: no tengo ni idea. Lo que trato de decir es que, cargando sobre sus espaldas con ese pasado de castrismo fervoroso, tal vez no estaría de más que mostrara cierta indulgencia hacia quienes no condenan hoy lo que ella defendió con uñas y dientes hace apenas tres lustros. Porque, si se empeña en pintar como perfectos depravados a quienes no asumen su actual militancia mascanosiana, ella misma nos estará ofreciendo la calificación de su pasado. O de su trayectoria toda.


JAVIER ORTIZ, Zoé Valdés, Diario de un resentido social, 30 de abril de 2003. Todo el artículo AQUÍ.

Emerson sobre Austen


Me cuesta comprender por qué la gente conserva tantas novelas de la señorita Jane Austen. Me horroriza la domesticidad trivializadora y la atenuación de su ficción, vulgar en el tono, estéril en invención artística, aprisionada en las convenciones funestas de la sociedad inglesa, sin genio, ingenio o conocimiento del mundo. Nunca fue la vida tan comprimida y estrecha. El único problema que hay en la mente de la escritora en ambos relatos que he leído, Persuasión y Orgullo y prejuicio, es la posibilidad de casarse. Todo lo que interesa en todo personaje que se presenta sigue siendo esto: ¿Tiene él o ella el dinero para casarse y las condiciones necesarias? Digamos más bien que es “el frenesí de una desesperación íntima” de un internado inglés. El suicidio es más respetable.


RALPH WALDO EMERSON, Journal of Ralph Waldo Emerson: 1856-1863, ed. E. W. Emerson y W. E. Forbes, Boston, Houghton Mifflin, 1913, 9, págs. 336 y 337, recogido por Sandra M. Gilbert y Susan Gubar en La loca del desván, Cátedra, Madrid, 1998, traducción de Carmen Martínez Gimeno, pág. 122.

Wharton sobre Brontë


Sinclair Lewis no es el único creador de seres vivos que tenemos entre los novelistas modernos, pero yo le he escogido como símbolo porque la línea que sigue —aunque corre el peligro de convertirse en rodada— me parece genuina. En su búsqueda de materiales ha seguido el consejo de Goethe y ha hundido su mano en las profundidades de la naturaleza humana y creo que el mayor error de los jóvenes novelistas, de cualquier escuela, ha sido imaginar que los personajes anormales o excesivamente dotados ofrecen un campo más rico que las variedades normales y corrientes. Emily Brontë era una mujer de genio, pero si hubiera vivido más y hubiera tenido más contacto con la realidad habría conseguido sacar de la vida cotidiana en la parroquia de Haworth un libro más profundo y conmovedor de lo que lo hizo retratando una casa de locos. Dostoievski, en El idiota, también abordó el estudio de personajes anormales, pero los mezcló con otros normales, como suele hacer la vida. Y precisamente así fue como demostró que su principal interés para el lector radicaba no tanto en su caso particular sino en sus reacciones trágicas y destructivas hacia lo normal. Y los lectores que, a pesar de la admiración que sienten por Cumbres borrascosas a veces encuentran dificultad en separar a Heathcliff de Earnshaw y a una Catherine de la otra, no olvidarán fácilmente la presencia viva del príncipe Mishkin y su extraña vigilia con el asesino junto al cadáver de Nastasia.


EDITH WHARTON, Criticar ficción, Páginas de espuma, 2012, Madrid, traducción de Amelia Pérez de Villar, págs. 75 y 76.

Leon sobre Christie


Los modelos de Donna Leon son Rendell, Hammett, Highsmith... "leí un Carvalho una vez, pero... No he leído tampoco a Camilleri, no voy a leer más novelas del género si no me pagan". ¿Y Agatha Christie? Frunce el ceño: "Es genial para las personas que sólo buscan el efecto sorpresa, pero su prosa es muy pesada. Creo que es una autora para leer solamente una vez".


DONNA LEON, entrevistada por Xavi Ayén en Venecia (junio de 2000) y Barcelona (septiembre de 2012), y recogido en La vuelta al mundo en 80 autores, La Vanguardia Ediciones, Barcelona, 2016, pág. 257.

Aldrich sobre Dickinson


Es evidente que la señorita Dickinson poseía una imaginación extremadamente no convencional y grotesca. Ella estaba profundamente influenciada por el misticismo de Blake y el manierismo de Emerson. Pero la incoherencia y la falta de forma de sus versos es fatal... Una excéntrica, soñadora reclusa, medio educada en un pueblo perdido de Nueva Inglaterra, no puede impunemente desafiar las leyes de la gravitación y de la gramática.


THOMAS BAILEY ALDRICH, palabras recogidas en una revista de la época publicadas en el prólogo de Enrique Goicolea a Poesía completa, Emily Dickinson, Amargord Ediciones, Madrid, 2012, traducción de Enrique Goicolea, pág. 14.

Algren sobre Beauvoir


"Cuando llegues a París, ve a ver a Simone de Beauvoir", me insistió una vez un pseudointelectual. La gente afirmaba que era, cosa sorprendente en una buena escritora, moralista, sin sentido del humor y tiránica. Me gustó ser el único que se dio cuenta de que no era una buena escritora.


NELSON ALGREN, recogido por Hazel Rowley en Sartre y Beauvoir, Lumen, Barcelona, 2006, traducción de Montse Roca, pág. 445.

Editores y críticos sobre Rand


Por si fuera poco, Ayn Rand tampoco gustaba entre los círculos literarios y solía recibir los varapalos de editoriales y críticos. Un editor rechazó El manantial con la siguiente nota: "Está mal escrita y el protagonista es antipático". Otro le dijo: "Ojalá hubiera un público para esta clase de libro, pero no lo hay y la novela no se vendería". La rebelión del Atlas se consideró "invendible e impublicable". En la crítica de esta obra de mil páginas que Whittaker Chambers (comunista reconvertido en delator) escribió para The National Review, deploraba su "tono dictatorial" y señalaba: "En toda mi vida de lector no recuerdo otro libro en el que tamaña arrogancia se mantenga de forma tan implacable. Su estridencia es infatigable y su dogmatismo carece de atractivo".


ROBERT SCHNAKENBERG, Vidas secretas de grandes escritores, Editorial Océano, Barcelona, 2012, traducción de Francisco López Martín, pág. 223.

Jong sobre Morrison


Desearía que Toni Morrison, una escritora deslumbrante y un gran ser humano, hubiera ganado el premio Nobel solo por su excelencia a la hora de poner una palabra detrás de otra. Estoy encantada con su elección, pero sospecho que su premio no fue motivado únicamente por consideraciones artísticas. ¿Por qué el arte en sí mismo no puede ser suficiente? ¿Debemos usar también al artista como muestra de progresismo?


ERICA JONG, recogido por Hilton Als en el artículo Ghots in the house, New Yorker, 27 de octubre de 2003. Todo el artículo AQUÍ.

Bolaño sobre Allende, Mastretta, Serrano y Silvina Ocampo


PREGUNTA: ¿No cree que si se hubiera emborrachado con Isabel Allende y Ángeles Mastretta otro sería su parecer acerca de sus libros?
ROBERTO BOLAÑO: No lo creo. Primero, porque esas señoras evitan beber con alguien como yo. Segundo, porque yo ya no bebo. Tercero, porque ni en mis peores borracheras he perdido cierta lucidez mínima, un sentido de la prosodia y del ritmo, un cierto rechazo ante el plagio, la mediocridad o el silencio.

PREGUNTA: ¿Cuál es la diferencia entre una escribidora y una escritora?
ROBERTO BOLAÑO: Una escritora es Silvina Ocampo. Una escribidora es Marcela Serrano. Los años luz que median entre una y otra.


ROBERTO BOLAÑO, fragmento de Estrella distante: la última entrevista a Roberto Bolaño, Mónica Maristain, julio de 2003, publicada originalmente en Play Boy México y Página/12 de Argentina. Toda la entrevista AQUÍ.

Yourcenar sobre Duras


Solo hay una cosa que no le perdono a Marguerite Duras: el título de Hiroshima mon amour. Fui a Hiroshima y aquello fue aterrador. Es como si, después de haber estado en Auschwitz, titulas un libro Auschwitz, cariño mío.


MARGUERITE YOURCENAR, entrevista de Michèle Stouvenot publicada en el Journal du Dimanche el 2 de diciembre de 1984, recogido por Laurence Rosier en De l'insulte aux femmes, 180º Editions, 2017.


Foster Wallace sobre Rand


Yo no empecé a escribir narrativa hasta los veintiuno, y al principio todos hemos de escribir nuestras necesarias cantidades de porquería, y mi porquería consistía básicamente en ensayos disfrazados. Eran tan malos como los de Ayn Rand o así.


DAVID FOSTER WALLACE, Conversaciones con David Foster Wallace, edición de Stephen J. Burn, Editorial Pálido Fuego, 2016, Málaga, traducción de José Luis Amores, págs. 39 y 40.

Léautaud sobre Colette


En cuanto a Colette... Siempre me dio la impresión de ser una mujer que no ha conservado sino grandes heridas de sus relaciones. También me dio siempre la impresión de ser extremadamente sensual, un poco perra, incluso, una mujer que lleva exageradamente en la piel... Lleva el amor físico en el rostro. Extremadamente grosera, incluso vulgar...


PAUL LÉAUTAUD, anotación del jueves 24 de octubre de 1935, Diario literario, Ediciones de escritura creativa Fuentetaja, Madrid, 2016, traducción de Cecilia Yepes, pág. 580.

Belli sobre la crítica masculina


No tuve ninguna dificultad para publicar, ni para ser editada. Quizás se debiera a la temática de mi poesía y de mi primera novela, pero lo cierto es que ser mujer más bien me pareció entonces una ventaja. Las dificultades que he percibido tienen que ver con la valoración crítica descalificadora con que se tiende a considerar el trabajo de un coro de mujeres latinoamericanas cuyas novelas han tenido, paradójicamente, mucho éxito editorial. Hablo de Marcela Serrano, Ángeles Mastretta, Laura Esquivel o Isabel Allende, por ejemplo. Este boom de mujeres escritoras ha sido menospreciado a nivel de la crítica masculina. Se nos ha acusado de hacer literatura de best-seller o literatura light. El concepto light fue usado, pienso, para restarle seriedad a la temática femenina abordada desde la cocina o desde el amor. Ese mote jamás se había aplicado a la literatura light escrita en abundancia por varones en la misma época. Esa actitud descalificadora es la misma que quiere insertarnos a las escritoras dentro del estanco de «literatura femenina» a partir del sexo de nuestras protagonistas o porque la obra trate algún aspecto de la condición femenina. Para las mujeres, el éxito pareciera ser la lápida bajo la cual yace la seriedad con que se trata la obra. He dicho esto a menudo para visibilizar este problema. Pienso que la crítica debe ser menos prejuiciada y más justa.


GIOCONDA BELLI, «El goce de nuestro cuerpo nos ha costado mucho más a las mujeres», entrevista de Carmen de Eusebio, Cuadernos Hispanoamericanos, Nº 775, Enero de 2015, págs. 100 y 101.