Susan Sontag tenía prohibido llamar "mamá" en público a su madre


Mildred tan solo tenía treinta y un años cuando se llevó a su familia a Tucson. Susan la retrata en diversas entrevistas como una mujer vanidosa, egocéntrica e ignorante de todo comportamiento maternal, a la que tan sólo le inquietaba envejecer y perder su atractivo físico. Mildred ordenó a Susan que no la llamara "madre" en público porque no quería que nadie supiera que era lo bastante mayor como para tener una hija. Susan, extrañada, se preguntaba a qué dedicaba su madre el tiempo ya que, incluso después de la muerte de Jack Rosenblatt, pasaba fuera de casa largos períodos durante los cuales dejaba a Susan y a Judith "aparcadas" en casa de otros parientes.

Es probable que Mildred sufriera depresiones durante la primera infancia de Susan. Los profundos cambios en el estilo de vida que la maternidad conlleva debían de resultar especialmente duros para la poco sedentaria Mildred, quien no sólo había perdido un marido sino también los ingresos procedentes de su negocio común y, con ellos, su empleo, su independencia y su posición. Todo ello se había visto sutituido por las insaciables demandas de dos niñas pequeñas. El alcohol le proporcionó un alivio temporal, sirviéndole de cojín amortiguador y tal vez incluso de exaltador de sus sentimientos, aunque la imagen que presenta Sontag es la de una madre flemática, siempre demasiado aturdida o indiferente como para leer las calificaciones de su hija -todo sobresalientes- o hacer comentario alguno al respecto. Se trata de una escena familiar que se repite en las vidas de muchos autores que, como la escritora Anne Rice, comenzaron a escribir de niños a la deprimente sombra de una madre alcohólica.


CARL ROLLYSON / LISA PADDOCK, Susan Sontag. La creación de un icono, Circe, Barcelona, 2002, traducción de Gian Castelli, pág. 15.