CARTA PARA N. Y.
Para Louise Crane
En tu próxima carta desearía que me dijeses
dónde vas y qué haces.
Cómo son los espectáculos, y después de los espectáculos,
en qué placeres has insistido:
cogiendo taxis en medio de la noche,
impulsándote como si fueses a salvar tu alma
donde la calle da vueltas y vueltas alrededor del parque
y el brillo del taxímetro es como una lechuza moral,
y los árboles con el aspecto extraño y verde
alzándose solitarios en grandes cuevas negras
y de repente tú estás en un lugar distinto
donde todo parece suceder en olas,
y la mayor parte de las bromas no las puedes coger,
como groserías borradas de una pizarra,
y las canciones son ruidosas pero de alguna manera inaudibles
y se hace tan terriblemente tarde,
y saliendo de la casa de piedra marrón oscuro
hacia la acera gris y la calle regada,
uno de los lados de los edificios se eleva con el sol
como un brillante campo de trigo.
–Trigo, no cebada, querida. Temo
que si es trigo no sea de tu sembrado,
y sin embargo me gusta saber
qué estás haciendo y adónde vas.
INVITACIÓN A MISS MARIANNE MOORE
Desde Brooklyn, sobre el Puente de Brooklyn, en esta agradable mañana,
por favor, venga volando.
En una nube de apasionados, pálidos productos químicos,
por favor, venga volando.
Por el rápido repicar de miles de pequeños tambores azules
descendiendo del cielo aborregado
sobre la brillante tribuna del agua del puerto,
por favor, venga volando.
Las sirenas, los estandartes y el humo ondean y suenan.
Los barcos están haciendo cordiales señales con multitud de banderas
subiendo y bajando como pájaros sobre el puerto.
Entre usted: dos ríos sostienen con elegancia
incontables, pequeñas translúcidas jaleas
en un centro de mesa de cristal tallado con cadenas de plata colgando.
El vuelo es seguro; el tiempo está a punto.
Las olas corren en versos esta amable mañana.
Por favor, venga volando.
Venga con la punta de cada zapato negro
llevando un relevante zafiro,
con una negra capa de alas de mariposa e ingeniosas palabras.
Con los ángeles, el cielo sabe cuántos, todos cabalgando
en la ancha ala negra de su sombrero,
por favor, venga volando.
Sosteniendo un inaudible ábaco musical,
un delicado ceño fruncido que censura, y con cintas azules,
por favor, venga volando.
Hechos y rascacielos centellean en la marea: Manhattan
está todo él lavado por la moral esta agradable mañana,
por tanto, por favor, venga volando.
Subiendo por el cielo con natural heroísmo,
por encima de los accidentes, por encima de odiosas películas,
las cabinas de los taxis y las injusticias por todas partes,
mientras los cláxones están resonando en sus bellas orejas
que simultáneamente escuchan
una suave música sin inventar, apropiada para el ciervo almizclero,
por favor, venga volando.
Para la que los sombríos museos tendrán un buen trato,
como el cortés pardillo macho,
para aquella a la que esperarán los agradables leones echados
en las escaleras de la Biblioteca Pública,
impaciente por subir y continuar a través de las puertas
hacia arriba, a las salas de lectura,
por favor, venga volando.
Podemos sentarnos y llorar; podemos ir de compras,
o jugar todo el rato al juego de ser malas
con la serie, que no tiene precio, de los vocabularios,
o podemos valientemente lamentarnos, pero, por favor,
por favor, venga volando.
Con dinastías de negativas construcciones
oscureciéndose y agonizando en torno suyo,
con gramáticas que con frecuencia vuelven y brillan
como volantes bandadas de andarríos,
por favor, venga volando.
Venga como una luz en el blanco cielo aborregado,
venga como un cometa diurno
con un largo y nunca confuso tren de palabras.
Desde Brooklyn, sobre el Puente de Brooklyn, en esta agradable mañana,
por favor, venga volando.
ELIZABETH BISHOP (Estados Unidos, 1911-1979), Una fría primavera, Obra poética, Ediciones Igitur, Barcelona, 2008, traducción de Sam Abrams y Joan Margarit, págs. 131-173.
